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Alfonso Armada: “En Sarajevo, el teatro adquirió una dimensión casi épica”

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Alfonso Armada en Casa Mediterráneo - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo
El veterano periodista Alfonso Armada (Vigo, 1958) ha sido testigo de muchos de los principales conflictos armados de los últimos tiempos, como el Cerco a Sarajevo y el Genocidio de Ruanda siendo corresponsal de El País, o los atentados contra las Torres Gemelas cuando estaba destinado a Nueva York por ABC. Las crónicas de Armada ponen el foco en historias cotidianas para situar a los lectores en la piel de quienes viven esos terribles acontecimientos e intentar hacerles comprender lo incomprensible.

Tras un periplo de seis años en Estados Unidos volvió a España, donde dirigió el Master de Periodismo de ABC y la Universidad Complutense de Madrid, y fue nombrado responsable de ABC Cultural hasta que en abril de este año cesó del Grupo Vocento. Desde 2017 es Presidente de la Sección Española de Reporteros sin Fronteras, que denuncia el asesinato, el secuestro y la tortura de periodistas, especialmente cruento en lugares como México y Siria, así como la precarización de la profesión, en detrimento de la calidad y la independencia.

Ese afán por mostrar el lado humano de las noticias ha guiado siempre la pluma del periodista, que actualmente edita la publicación digital fronterad y se encarga de la revista de prensa del programa ‘Hoy por hoy’ de La SER. Armada es también autor teatral (además de Periodismo, estudió Arte Dramático en la RESAD), de poesía y libros en los que vuelca sus vivencias. El periodista estuvo el pasado 21 de septiembre en Casa Mediterráneo, donde ofreció una conferencia enmarcada en el Ciclo ‘Periodistas y el Mediterráneo’.

La primera pregunta que le quiero plantear es acerca del Genocidio de Ruanda, del que fue testigo directo.

Empiezas fuerte, sí.

¿Cree que la ciudadanía occidental llegó a comprender la complejidad del conflicto?

No. Hay muchísimos prejuicios, estereotipos y lugares comunes sobre África. Me gusta mucho citar a Bru Rovira, un periodista de La Vanguardia que estuvo en muchos años en el continente. Escribió un libro al que tituló “Áfricas”, y en ese plural hay una llamada de atención a su complejidad. África no es un país. Creo que utilizamos esquemas mentales que no sirven: cuando hay buena intención, con paternalismo; y cuando no hay ningún interés, con desconocimiento.

Ruanda, en concreto, fue un conflicto de una complejidad tremenda, aunque fundamentalmente se trató de un genocidio en el que hubo un intento de exterminio de una parte de la población a manos de otra, por razones de todo tipo. Los medios tienen parte de responsabilidad. Por el impacto de las noticias tremendas y por la premura con la que se trabaja, a veces no se presta espacio ni atención para explicar conflictos tan complicados como el de Ruanda.

Hubo un componente emocional, no tanto en el genocidio, como después, cuando acabó la guerra y murieron cerca de 800.000 personas en tan sólo tres meses, cuando sobrevino el éxodo masivo, sobre todo a Congo, y se declaró una epidemia de cólera en la zona de Goma que empezó a acabar con la vida de mucha gente. Entonces empezó a llegar un montón de ayuda Occidental, fotógrafos y periodistas. Ese episodio sí se cubrió más: el fin de la guerra y el éxodo. Y también después, cuando al cabo de dos años, los refugiados volvieron a Ruanda, cuando el Ejército de Paul Kagame atacó las bases del antiguo Ejército hutu en la zona de Goma, que provocó un retorno masivo de más de dos millones de personas en poco tiempo.

Alfonso Armada: "En Sarajevo, el teatro adquirió una dimensión casi épica" en DESTACADOS PERIODISMO
Alfonso Armada junto a la periodista Sonia Marco durante la conferencia celebrada en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

En África, cuando no hay un conflicto armado o una tragedia, el interés de los medios de comunicación occidentales se desvanece. ¿Por qué en Occidente no interesa informar sobre las noticias positivas de África?

Incluso cuando hay conflictos armados, muchos de ellos están muy mal contados. Recuerdo una viñeta de El Roto en el que se veía a dos africanos llevando a otro, muerto, en parihuelas, y decía: “África sólo existe cuando nos matamos”. Forma parte de esa imagen, que criticaba mucho (Ryszard) Kapuściński (reconocido reportero polaco), cuando decía que si sólo se informa de África cuando hablamos de hambrunas, de golpes de Estado, de matanzas… al final instalamos en la mente de la gente la idea de que África es igual a muerte, desesperanza, desastre… lo que resulta muy injusto. África es más compleja.

Por ejemplo, en el índice de Libertad de Expresión que elabora Reporteros sin Fronteras (RSF), Namibia está por delante de España, y en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional Botsuana se encuentra mejor situada que nuestro país.

Entonces, esa idea de África como un continente uniforme y homogéneo es absurda. Creo que también forma parte de un problema fundamental de los medios que, a fuerza de dar únicamente noticias negativas, provocan cierto desentendimiento de la gente, precisamente por esta especie de redundancia en hablar casi siempre de lo malo y muy pocas veces de lo bueno en general, pero en el caso de África, en particular. La imagen que cala más hondamente en el imaginario de la gente es la de un continente que parece que no tiene porvenir, y nada más lejos de la realidad. Revertir esta representación exige mucho de los periodistas, que cambiemos la forma de trabajar, pero también de los lectores, ya que informarse lleva tiempo. Y ahora que hay tantos medios de información, en teoría debería ser más fácil, pero a veces tengo la sensación de que estamos todos más perdidos y más confusos por la sobreabundancia de información y no saber distinguir las mentiras de las verdades, los hechos de las opiniones…

En su libro ‘Cuadernos africanos’ (1998-2002), ¿qué tipo de historias recoge?

Es una antología de las crónicas publicadas en el El País cuando fui su corresponsal para África durante cinco años, entre 1994 y 1998, entremezcladas con los diarios íntimos que escribía cuando viajaba, en una doble mirada. Mi desembarco en África fue con el genocidio de Ruanda, lo peor a lo que te puedes enfrentar como ser humano y como periodista, y me dejó una huella muy grande. El libro recoge esos cinco años de viajes a África. Tenía mi base en Madrid y cada vez que había una crisis viajaba al continente, lo que me llevó a la República Democrática del Congo, Liberia, Sierra Leona, Angola, Mozambique, Sudán, Somalia, Kenia, Sudáfrica, Ruanda, Burundi…

Antes, vivió en primera persona el Cerco a Sarajevo, un prolongado asedio que se extendió entre 1992 y 1996. ¿Qué fue lo que más le impactó de la Guerra de Bosnia, en pleno corazón de Europa? 

En ese momento trabajaba en la sección de Internacional de El País y nunca me habría imaginado cubrir conflictos, de hecho no me gusta reconocerme como reportero de guerra. Y cuando el redactor jefe me propuso ir a Sarajevo habían ido varios compañeros de la sección, había leído sus crónicas y las de otros periódicos y tenía cierta curiosidad, pero lo primero que pensé fue: Cómo se cubre una guerra, cómo explicas lo que está pasando, cómo manejas el miedo, cómo no te pierdes en esa maraña y cómo no te dejas abrumar por el temor a morir. Decidí que podría ser una experiencia interesante averiguar si era capaz de manejar mi miedo y contarlo. Fue un choque tremendo con una realidad insospechada. Cuando llegué a Sarajevo sentí como si hubiera hecho un viaje en el tiempo a través de un túnel y hubiera aterrizado en la Guerra Civil española. Bosnia, incluso en el aspecto físico de la gente, me recordaba a los españoles.

Como no tenía mucha experiencia, ni contando conflictos bélicos, ni de la complicadísima historia de los Balcanes, ni de estrategia, ni de táctica militar, ni de calibres, me dediqué a contar lo que pensaba que podría ser mejor para ayudar al lector a ponerse en la piel del otro, algo que me parece básico en el periodismo. Entonces pensé: Qué es lo que más me impactaba a mí, a parte de los morteros, los francotiradores, visitar la morgue,… Cómo la gente hacía lo imposible por mantener su condición humana. Cómo las personas se jugaban la vida para conseguir agua y asearse, cómo celebraban un cumpleaños, cómo hacían un periódico, cómo elaboraban pan… en definitiva, cómo sobrevivían al horror, tratando de que la alimaña no las devorase.

Una cosa que me impresionó fue descubrir que los actores de Sarajevo decidieron que, para preservar su naturaleza humana, era más importante hacer teatro que ir al frente. El resultado del conflicto no iba a variar si los actores iban a combatir, pero su propio espíritu, su ánimo y su alma estarían mejor si ellos, a pesar de la guerra, seguían haciendo teatro. Asistí al estreno de una obra que precisamente debatía esto: Qué era más importante en una guerra, seguir haciendo teatro o combatir. Me impresionó mucho, porque para ir a ensayar lo actores se jugaban la vida, de hecho algunos fueron heridos y otros murieron, al igual que el público, que para asistir a las funciones tenía que atravesar calles batidas por los francotiradores. En Sarajevo, el teatro adquirió una dimensión casi épica.

Ya como corresponsal de ABC en Nueva York, allí le sorprendió el ataque a las Torres Gemelas. ¿Cómo lo vivió? 

Alfonso Armada: "En Sarajevo, el teatro adquirió una dimensión casi épica" en DESTACADOS PERIODISMO
Alfonso Armada – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Es curioso porque mi madre, cada vez que iba a Sarajevo y después cuando viajaba a África me decía: ¿Por qué vas tú? ¿Por qué no mandan a otro? Yo le respondía: Es mi trabajo y hay que contarlo. Cuando ABC me propuso convertirme en corresponsal en Nueva York supuso un gran cambio, tanto de zona geográfica como de medio. Aunque estaba fascinado con África y tras cinco años allí empezaba a saber un poco y a tener fuentes, un amigo me dijo: No te olvides de que en Estados Unidos y en la ONU se deciden muchas cosas que afectan directamente a África. Y mi madre se alegró mucho, pero estando allí, cuando se produjo el ataque a las Torres Gemelas, me espetó: Parece que la guerra te sigue los pasos.

Fue un impacto tremendo, como para la gente de Nueva York. Ten en cuenta que desde la Guerra Civil Americana, únicamente durante la II Guerra Mundial sufrieron el ataque a Pearl Harbour, pero fue en el Archipiélago de Hawai, no en el territorio continental norteamericano. Esa sensación de invulnerabilidad, los atentados la dejaron en entredicho. Éstos hicieron sentir a los estadounidenses vulnerables, además atacados con aviones de pasajeros.  Quien concibió los atentados demostró un malévolo conocimiento de la condición de Estados Unidos, porque atacó un símbolo como las Torres Gemelas, el Pentágono y el cuarto avión, que al final fue desviado y detonado parece que iba contra el Congreso. Evidenciaron una enorme capacidad de esparcir el terror y habilidad para utilizar las propias herramientas del progreso contra los propios estadounidenses.

La población tuvo la la sensación de que la guerra había llegado a su propio territorio. De hecho, en Manhattan la gente vivió esos sucesos como una película. Para la cultura de Hollywood, las cintas de catástrofes y del fin del mundo siempre ocurren en Nueva York, como el emblema máximo. En ese sentido es como si los que idearon los atentados pensaran en convertirlas en realidad y el efecto fue devastador.

A raíz de esos atentados, ¿cambió la mentalidad de la sociedad estadounidense?

No sé si la modificó, pero desde luego, sí cambió la política americana y, de hecho, como consecuencia se invadió Irak bajo presupuestos falsos. Fue una gran operación de manipulación. Sadam Husein, pese a todas sus maldades, nada tenía que ver con los atentados, aunque mucha gente lo sigue pensando. Creo que esta especie de dialéctica de guerra contra el terror al final caló, se utilizó políticamente y mucha gente compró esa mercancía.

Entre 2006 y 2012 dirigió el Master de Periodismo de ABC y la Universidad Complutense de Madrid. ¿La carrera precisa formación complementaria?

Creo que hay una desconexión grande entre las necesidades de la sociedad y el sistema académico. Además, en España tenemos un problema de base con la educación, que se arrastra. Ha habido montones de leyes educativas, lo que repercute en la enseñanza primaria, secundaria y universitaria. Habría que establecer un acuerdo nacional y convertir a los maestros en el eje fundamental. En este sentido, admiro mucho a Finlandia, que elige a los mejores para enseñar y los valora.

Estudié periodismo en la Complutense y si ahora volviera a nacer, volvería a ser periodista, porque me parece una de las mejores formas de estar en el mundo, pero haría caso a lo que le dijo Álvaro Cunqueiro a mi padre, a quien le aconsejó que estudiara una carrera como historia, filosofía o filología y que después empezara a trabajar en un periódico. Y me parece un consejo interesante. Creo que es mejor estudiar una carrera de cualquier tipo, de hecho, los Masters como el de ABC tienen como requisito imprescindible poseer una titulación universitaria. Si bien es cierto, vienen muchos periodistas que buscan la práctica que no les ofrecen las facultades. Otra opción sería reconvertir los planes de estudios en las facultades. No tiene sentido que en España haya 52 facultades de periodismo para un sector que está en situación catastrófica.

Tenemos un problema del propio sistema informativo, con la decisión absurda de regalarlo todo en Internet para conseguir más visitas, que al final ha sido errónea, porque ha provocado que la gente no valore lo que regalas. Así el negocio no funciona y los periódicos están en una situación realmente difícil.

Los escándalos sobre los títulos académicos fraudulentos que se han concedido a algunos políticos, ¿cree que están afectando al prestigio de los Master?

Está dañando sobre todo a la universidad, porque se extiende la sospecha. En los casos que mencionas creo que ha habido un menosprecio por parte de responsables de Master y universidades y también por parte de los políticos que han aceptado este trato de favor, como si merecieran un trato distinto. Es una especie de torpedo contra la igualdad ante la ley y de oportunidades, un demérito y una campaña de desprestigio contra la universidad.

A esta realidad se suma la estrategia que se sigue desde la enseñanza Primaria y Secundaria de ir creando unos modelos educativos más basados en la rentabilidad que en la formación profunda, a través de la lengua, la literatura o la filosofía. Creo que es más importante ayudar a entender el mundo y enriquecer tu propio lenguaje. Ante estas carencias, muchos jóvenes están más a merced de la manipulación informativa, noticias falsas, propaganda…

Me gustaría preguntarle por el que creo que es su último libro, ‘Por carreteras secundarias’.

Era mi último libro hasta ayer. Acaba de salir esta semana ‘África adentro’, que se presenta el próximo martes (25 de septiembre) en Barcelona. Está publicado por la Revista 5W, entre cuyos fundadores se encuentra el corresponsal de Euskal Telebista y Vocento en Jesuralén, Mikel Ayestarán. Es una revista de fotógrafos y reporteros, que hace un número anual en tapa dura con reportajes y publica también una serie de conversaciones. Ya se han publicado charlas entre Mikel Ayestarán y Ramón Lobo, Mónica G. Prieto y Maruja Torres, y la próxima será ‘África dentro’, entre Xavier Aldecoa y yo. La propuesta es muy interesante. La revista te propone que durante tres días, en una casa te pases hablando ocho horas seguidas sobre África, bajo los principios que marcan la pauta de las 5W: Qué (What), Quién (Who), Dónde (Where), Cuándo (When) y Por qué (Why), las cinco preguntas básicas del periodismo. Las charlas se graban en bruto, se editan y tras revisarlas se plasman en un libro hablado. La verdad es que es precioso, estoy encantado.

Y a finales de este mes llegará a las librerías mi libro de poemas ‘Cuadernos de Hollywood’. Cuando estuve en Nueva York como corresponsal de ABC todos los años iba a cubrir los Oscar y cada día que estaba allí hacía un poema. Fui seis veces y esta obra recoge los seis cuadernos que escribí entonces, un retrato amargo y agridulce del mundo del cine, de la parte sórdida, una mirada oblicua.

En su anterior libro, ‘Por carreteras secundarias’, se adentra en la España interior y desconocida. ¿Qué descubrirán los lectores en sus páginas?

Ésta fue una propuesta que le hice a ABC, durante dos veranos con Corina Arranz que se encargó de las fotos, en un intento de algo que echo de menos en el periodismo: la lentitud. Salirte de las carreteras principales, del AVE, de las autopistas, de las autovías, que creo que aíslan de la realidad. Al igual que la actualidad no agota la realidad, era un intento de mostrar otra España que no sale en los medios y, en el caso de hacerlo, sólo aparece cuando ocurre un crimen tremendo, casos de corrupción salvaje o un desastre natural. Y pasan cosas muy interesantes que atañen a gente valiosa. Es un redescubrimiento de tu propio país, de esa España que se está quedando vacía, sobre todo en el interior, lejos de la costa y de los principales centros de poder. Es un viaje exhaustivo de muchísimos kilómetros en el que hemos descubierto lugares maravillosos.