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Ángela Rodicio: “Mi deber es proporcionar a la gente información y datos claros, de una manera casi científica”

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Ángela Rodicio - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

La periodista gallega Ángela Rodicio se convirtió en uno de los rostros más populares de la televisión al ser nombrada en 1992 corresponsal en el Centro y Este de Europa, la más joven de la historia de TVE, lo que la llevó a cubrir desde el mismo Sarajevo la Guerra de Bosnia entre 1992 y 1996. Antes, ya había informado acerca de acontecimientos de primer orden mundial, como la desintegración de la URSS, las guerras de Irak o la invasión de Kuwait.

En el año 1996 abrió la primera corresponsalía de TVE en Israel, desde donde cubrió la actualidad en Oriente Medio y entrevistó a los principales líderes israelíes y palestinos. También fue testigo del cambio político y social en Irán, con la victoria del reformista Mohamed Jatamí, así como de la invasión de Irak.

Ha sido colaboradora de periódicos, revistas y algunas de las televisiones más importantes del panorama internacional como la CNN o la BBC. Además, es autora de varios libros: ‘La Guerra sin Frentes. De Bagdad a Sarajevo: memorias de una enviada especial’ (Temas de Hoy, 1998), ‘Acabar con el Personaje’ (Plaza y Janés-Random House-Mondadori, 2005) y ‘Las novias de la Yihad’, Premio Espasa 2016. Su labor ha sido reconocida con prestigiosos galardones como el Cirilo Rodríguez y el Víctor de la Serna en 1992. Desde 2007 forma parte del equipo de reporteros de Informe Semanal, el programa de actualidad nacional e internacional decano de la televisión en España.

Ángela Rodicio participó el pasado 26 de noviembre en un encuentro en Casa Mediterráneo, dentro del ciclo ‘Periodistas y el Mediterráneo’, en el que compartió algunas de las extraordinarias experiencias que han jalonado su extensa trayectoria profesional.

Cuando empezó a estudiar periodismo, ¿siempre tuvo claro que quería ser corresponsal?

Lo único que he tenido siempre claro en mi vida, desde que tenía cinco años, es que quería ser periodista. Ejercer como corresponsal y cubrir guerras fue algo que surgió después por el camino.

Su trabajo le ha permitido ser testigo directo de importantes acontecimientos históricos como el desmoronamiento de la URSS, las guerras de Irak o de Bosnia, ¿cree que la labor de denuncia que ejerce el periodismo es capaz influir en la toma de decisiones de quienes ostentan el poder?

Soy muy enemiga de las etiquetas, creo que no se debe hacer periodismo como denuncia, ni como defensa… Se debe hacer periodismo y punto. Creo que nuestro deber es proporcionar a la gente -y más como puede ser en mi caso, que trabajo en una empresa pública donde desempeño un servicio público- información y datos claros, de una manera casi científica, del mismo modo que cuando abres el grifo y te sale agua, el proveedor no te pregunta si eres de izquierdas, de derechas o de centro.

Ayer leí una entrevista a la que fue la encargada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Louise Arbour, en la que le preguntaban: “Usted que es testigo de genocidios, ¿odia a los asesinos?”. Y ella respondía: “Mi trabajo no es odiar, sino llevarles a los tribunales”. Yo creo que el trabajo de un periodista no consiste en denunciar, ni en defender, sino en informar.

En 1992 fue nombrada corresponsal en el Centro y Este de Europa, convirtiéndose así en la periodista más joven de la historia de TVE en asumir este tipo de cargo. ¿Cómo se preparó para ejercer esta responsabilidad, además en unos años de gran convulsión en la región?

Fue un golpe de suerte. Al final, cuando a uno le toca vivir una época determinada, ésta tiene sus características. Cuando yo estudiaba periodismo, mi idea era probarlo todo, trabajar en periódicos, radio y televisión y luego elegir lo que más me gustara. Ahora eso es impensable, pero en mi época lo pude hacer. En televisión entré con una beca del Instituto de RTVE y además en un momento clave, porque en el año 1992 justo en España se pasó de una sola cadena, que era Televisión Española, a todos los canales privados que nacieron entonces.

Hubo ahí una serie de años, al menos cuatro o cinco, en los que no se pensaba en el presupuesto, sino en la competencia, en cómo asentarte en el mercado. En 1989 cayó el Muro de Berlín, en 1990 fue la invasión de Kuwait, después en 1991 sobrevino la disolución de la Unión Soviética y en 1992 comenzó la guerra de Bosnia. Esos fueron años clave que se cubrieron bien. Yo, por ejemplo, estuve cubriendo Bosnia durante cuatro años, me iba a Sarajevo y estaba allí tres o cuatro semanas. Ahora eso es impensable, te vas tres o cuatro días si tienes suerte. Estuve en Televisión Española cubriendo una guerra detrás de otra casi veinte años y jamás cobré plus de peligrosidad. Ahora, sin embargo, te obligan a hacerlo, con lo cual no se viaja porque no hay dinero. De manera que hubo una combinación de circunstancias: había mucha competencia, muchas ganas de informar y de viajar y yo, como mi historia es totalmente vocacional, me tiraba al vacío y sin red.

Ángela Rodicio: "Mi deber es proporcionar a la gente información y datos claros, de una manera casi científica" en PERIODISMO
Ángela Rodicio junto a Sonia Marco, moderadora del encuentro celebrado en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Por su condición de mujer, ¿se ha sentido alguna vez discriminada en un mundo, el de los corresponsales de guerra, eminentemente de hombres, y más a principios de los años 90?

Siempre he actuado de manera muy kantiana, como si no hubiera  ningún tipo de discriminación. Siempre he pensado lo siguiente: Tú naces y en tu familia no por el hecho de ser mujer dejas de ir al colegio, sino que vas al igual que tu hermano o tu vecino, luego accedes a la universidad y no te ponen nota por el hecho de ser hombre o mujer. Entonces, ¿por qué después de la universidad empiezas en el mercado de trabajo y ahí ya comienzan las diferencias? De ahí que yo siempre he realizado mis reportajes y mis crónicas como si no hubiera ninguna diferencia. Cuando me preguntan si he tenido problemas con alguien, respondo que quizás ha sido ese alguien quien ha tenido problemas conmigo. Creo que sí los he tenido, y muchos, pero he actuado como si no fuera conmigo.

¿Durante la Guerra de Bosnia, qué experiencias le marcaron más?

Todo. Me marcó muchísimo que aquélla fuera una guerra que duró casi cuatro años y no hubiera habido una implicación internacional seria. Era todo bastante absurdo. Luego cada país tenía su área de influencia: los rusos con los serbios, los franceses con los serbios, los alemanes con los croatas, España como no tenía ningún interés en la zona acabó en el corredor del Neretva con los bosnios… Pero me llamó mucho la atención y, sobre todo, me fastidió muchísimo, que si Bosnia-Herzegovina fue reconocida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en abril de 1992 por qué tardaron tres años y medio en tomar medidas contundentes como fueron los bombardeos de la OTAN en agosto de 1995.

Todo ese tiempo fueron años de asesinatos y muertes en directo por televisión que cambiaron la percepción global. Esta situación me alentó a hacer crónicas claras y contundentes sobre el terreno porque parecía que el periodista era el único que podía acreditar lo que estaba pasando desde su testimonio directo, aunque luego no sirvió para nada, al menos durante tres años. Fue muy duro cubrir todo aquello, trabajando en condiciones de 20º bajo cero, te disparaban en cuanto te movías… Resultó difícil, pero también muy formativo.

En su libro ‘Acabar con el personaje’ (2005) cuenta cómo la apartaron de la corresponsalía de TVE en Israel, que usted abrió por primera vez en 1996. ¿Cuáles fueron las razones?

Las razones son muy claras y hay una sentencia judicial. Cuando ocurrió todo aquello pensé que podía hacer dos cosas: lanzarme al ruedo y empezar a denunciar y a dar opiniones o irme por la vía judicial. Opté por lo segundo, gané y desde entonces digo que si alguien quiere saber algo que se lea la sentencia.

Su obra ‘Las novias de la Yihad’ relata la captación de jóvenes por parte del Estado Islámico para convertirlas en esclavas sexuales. ¿Cómo logran convencer a estas chicas, muchas de ellas con estudios y de toda condición social, para dejarlo todo?

No es porque lo haya escrito yo, pero creo que es un libro de obligada lectura porque, además de reflejar una experiencia sobre el terreno de treinta años, está hecho en los lugares, contiene testimonios directos, he ido a universidades occidentales, sobre todo en Londres, sobre el terreno en Mosul… Es un tema generacional, cultural, de nuestra civilización actual. No se puede resumir por qué las captan. Creo que la pregunta debería ser: Por qué se dejan captar. Porque es gente, en un momento de su vida, muy vulnerable que carece de instrumentos para afrontar esos riesgos de Internet y donde la incomunicación y el ‘gap’, el salto generacional y cultural, es enorme.

Las personas de mi generación hemos estudiado y hemos leído libros sobre el papel, era una cultura de imprenta, mientras que las nuevas generaciones son casi, me atrevería a decir, una generación oral, otra vez. Su medio de información y de formación no es tanto la letra impresa como la que escuchan, de manera que sin una base es muy fácil que te convenzan y te laven el cerebro.

Una vez dentro de estas redes, ¿es posible escapar?

Creo que hay que hacer mucha prevención. Uno de los últimos reportajes que he hecho, que me parece muy interesante, es el de la desradicalización. Considero que ya hemos pasado la época de la radicalización y deberíamos concentrarnos en la desradicalización. He estado estudiando organismos, organizaciones y planes que se están haciendo ahora mismo en Austria y me parece que es por lo que hay que apostar. Estoy convencidísima.

Uno de sus últimos reportajes para Informe Semanal ha sido el asesinato de Jamal Khashoggi en el Consulado de Arabia Saudí en Estambul. Más allá de las críticas de este periodista al régimen saudí, ¿había otras razones detrás de este crimen?

Jamal Khashoggi no era un periodista normal. Era una persona muy importante, alguien del régimen, sobrino de Adnan Khashoggi. Su caso es un tema de geopolítica y de relaciones e intereses regionales. Él ha sido como un peón del ajedrez, tienes que ir estudiando las jugadas y las otras fichas de la zona.

A la hora de preparar sus reportajes, ¿le parece importante mezclarse con la población local?

Eso es como si quieres ser médico y no quieres tocar al paciente. Como para cualquier trabajo, tienes que estudiar y trabajar muchísimo. Yo me paso, quizás no debería prepararme tanto. Pero luego debes dejar también una vía abierta a la capacidad de improvisación, si no se convierte en algo determinista que no te sirve de nada al llegar a los sitios. Las dos cosas, pero sobre todo hay que prepararse mucho los temas, cuanto más mejor. El saber no ocupa lugar. Además, cuando tienes mucha información y la reduces porque no dispones de tanto tiempo, creo que la gente se da cuenta de que sabías más de lo que has contado.

Tras la crisis económica y la revolución digital, ¿cómo ve la actual situación del periodismo en España? ¿Echa en falta tiempos pasados?

Nunca echo de menos tiempos pasados. Creo que vivimos en el hoy y en el ahora. Para el periodista da igual el instrumento, lo importante es lo que hay detrás, es decir, existen nuevas tecnologías pero nosotros no somos esclavos de ellas, sino al revés, éstas deben estar a nuestro servicio. Simplemente, el periodismo bien hecho es tan necesario como siempre, porque si la gente no dispone de datos, ¿cómo se va a formar su opinión? Por eso, los datos para mí son sagrados. La opinión es la del telespectador, lector, oyente… nunca debe ser la del periodista, eso es fundamental.