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Ramón Lobo: “Kapuściński representa esa época del periodismo lento que ha desaparecido”

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Ramón Lobo - © María Gilabert / Casa Mediterráneo

Con un aspecto que recuerda a Hemingway y una mirada azul transparente, Ramón Lobo es una de esas personas que llevan la bondad y la educación por bandera. Curtido durante más de veinte años como corresponsal de guerra de El País en decenas de conflictos armados que cerraron el siglo XX y abrieron el XXI, como el de Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Chechenia, Irak, Afganistán, Sierra Leona, Liberia, Ruanda y otros países africanos, Ramón Lobo ha sabido extraer de sus vivencias un relato conmovedor que ha plasmado en su última novela, significativamente titulada “El día que murió Kapuściński” (Círculo de Tiza, 2019).

Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, desde 1975 trabajó en diversos medios de comunicación como la agencia Pyresa, Radio Intercontinental, Heraldo de Aragón, Radio 80, Actual, La Voz de América, Expansión, Cinco Días, La Gaceta de los Negocios y El Sol, donde fue redactor jefe. Desde 1992 hasta 2012 fue redactor de Internacional de El País, donde a raíz de un demoledor ERE tuvo que abandonar la redacción precisamente cuando más experiencia tenía. No obstante, lo volvieron a fichar en 2018, y desde sus páginas actualmente escribe artículos de análisis.

Ramón Lobo, que según reconoce se encuentra en un momento de su vida en el que se inclina más hacia la literatura, participó el pasado 25 de septiembre en un encuentro celebrado en Casa Mediterráneo en el marco del ciclo ‘Periodistas y el Mediterráneo’. El autor, además de presentar su última novela, hizo un recorrido por algunos de los conflictos de los que ha sido testigo, contando divertidas anécdotas de sus vivencias, y ofreció su visión sobre la situación que actualmente atraviesa el periodismo, con una particular cercanía y sentido del humor.

Aludiendo al título de su novela, ¿la muerte de Ryszard Kapuściński supuso el final de una era en la forma de hacer periodismo?

Es un juego. Vengo a decir eso, que el periodismo lento, el ir a los sitios, disponer de tiempo y paciencia para enterarte bien de lo que está pasando ha desaparecido. Coincidió con la época de la muerte de Kapuściński. Juego con ese ejemplo, al igual que el cierre del bar Fink’s de Jerusalén fue una muestra de que esto se estaba acabando. Kapuściński representa ese periodismo lento, de estar en los lugares y luego escribir.

Le acusaron de inventarse historias, pero bueno un periodista polaco que escribe para una agencia polaca, al escribir una historia sobre Etiopía años después de haber estado ahí, evidentemente hay una reescritura y puede haber algo de redondeo. En cambio, en el periodismo de agencia o de un periódico no puede haberlo. Yo en eso no tengo ningún problema con Kapuściński, si hay que cambiar sus libros de no ficción a ficción se cambian, pero siguen siendo extraordinarios. Para mí, es un tipo de periodista que representa esa época del periodismo lento que ha desaparecido.

Además fue una época que usted vivió en primera persona. Este libro podría leerse como una crónica de muchas guerras en las que ha estado. ¿Se ha basado en personas reales para crear a alguno de los personajes? ¿El trasfondo histórico es verídico?

Sí, el trasfondo es real, las guerras son reales. Unas las he vivido yo, otras no. Por ejemplo, la parte de Siria es mucho más novelada porque yo no la he presenciado. Pero la mayoría de las cosas las he vivido y otras las he ido robando de amigos. Por ejemplo, el episodio de la mano que se mueve entre un montón de cadáveres en Ruanda es la herida que le quedó a Alfonso Armada; o Ruanda misma es la gran herida de Bru Rovira, muy amigo mío. Pero sí, la mayoría son historias que he vivido o que conozco de primera mano.

Ramón Lobo: "Kapuściński representa esa época del periodismo lento que ha desaparecido" en DESTACADOS PERIODISMO Los personajes son inventados. Parto de la idea de un periodista que escribe y otro que fotografía, una pareja muy clásica en el periodismo, que se encuentran en Beirut. Ahí sí me he podido inspirar un poco cuando Gervasio Sánchez y yo viajábamos juntos o más adelante cuando lo he hecho con Juan Carlos Tomasi, de Médicos sin Fronteras. Pero Puta Esperanza no es Gervasio, aunque Mayo soy más yo, al que he ido contaminando.

Los personajes femeninos me he preocupado mucho de que sean potentes, sobre todo Amanda Bris y Delphine Thitges. Son nombres robados del árbol genealógico de mi familia extranjera, por eso resulta más fácil. Como éste es un mundo muy “machirulo” me preocupaba mucho que si quitaba las “machiruladas” para que pareciera todo muy políticamente correcto iba a describir un mundo falso, pero necesitaba que hubiera personajes femeninos potentes que pusieran a los “machirulos” en su sitio. Eso no es inventado, sino que existe. Yo he conocido gente así. Mónica García Prieto, por ejemplo, es una mujer tough, dura. Maruja Torres lo es. Corinne Dufka, una fotógrafa que conocí en los Balcanes, lo era y lo sigue siendo aunque ahora se dedique a otra cosa. He conocido a ese tipo de mujer que no se tiene que disfrazar de hombre para pasar desapercibida y que mira y escribe como tal.

Un episodio del libro cuenta que en la Guerra de Irak los protagonistas no consiguen el pase especial necesario para empotrarse con las tropas estadounidenses y se cuelan por la frontera siguiendo a los marines. 

Esa historia es robada. Le pasó a un periodista americano que trabajaba para la revista del New York Times y otro francés, a quienes he cambiado el nombre para evitar demandas -cambié todos los nombres menos el de Javier Espinosa, que me pidió expresamente que lo mantuviera-. Los citados periodistas hicieron exactamente ese recorrido. Después lo repitieron Javier Espinosa y Javier Martín, de la Agencia EFE, y así llegaron a Bagdad, sin ningún tipo de empotramiento.

Seguir a la unidad de los marines lo hicieron los periodistas estadounidense y francés. Cuando el coronel les para y ellos le cuentan que han estado en Chechenia y en una larga lista de conflictos, éste les dice: “¡Coño, si habéis estado en más guerras que nosotros!”. Esa anécdota es cierta, ellos se quedan atrás, y yo ficciono la entrada en Bagdad. Como periodista es una ventaja, porque entre la ficción y la realidad, esta última es mucho más rica que aquélla. Hay niños que te contestan cosas que no se te habrían ocurrido en la vida. Al escribir lo que pretendo que sea una novela utilizo un material de no ficción, que lo he vivido o me lo ha contado gente que lo ha vivido y luego juego con todo eso.

Debe ser duro presenciar hechos como los que cuenta en el libro, cuando al entrar en Bagdad, los marines ante la sospecha de que un coche que no para a la orden de alto le disparan aunque desconozcan si lleva civiles.

De hecho, cuando llegaron las tropas a Irak ese tipo de situaciones ocurría. Había gente que no entendía las señales, seguía y mataban a una familia entera. En una guerra se pregunta poco y los soldados son personas muy jóvenes.

Aprendí, y de alguna forma lo he tratado de expresar, que la guerra es muy caótica y los americanos lo tienen muy bien montado, porque un teniente o un capitán, aunque en este caso era un coronel, manda mucho. No tiene por qué estar llamando a retaguardia a preguntar al jefe si dispara o no. Si considera que es peligro, lo hace, luego ya veremos. En una guerra se dispara con facilidad.

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Ramón Lobo junto a la moderadora del encuentro, Sonia Marco, en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Casa Mediterráneo

Antes de esta entrevista me comentó que había una gran diferencia entre las guerras de los Balcanes y la de Chechenia en cuanto a la inseguridad.

Sí, en el momento en el que hay aviones y helicópteros que están disparando a varios kilómetros de distancia te da una sensación de inseguridad mayor que si tú vas por una ciudad donde la gente te dice: “Cuidado con esta calle, que hay un francotirador en esa casa”. Cuando cruzas sabes que tienes que hacerlo corriendo y dar un rodeo enorme para no pasar por ahí o conoces cuáles son las zonas donde suelen bombardear y las evitas. También aprendes que hay que caminar por los parques porque la tierra chupa el impacto de la granada de mortero, con lo cual no salen esquirlas que son las que te pueden matar o dejarte lisiado.

En mi primer viaje a Sarajevo hubo un bombardeo, nos escondimos en la parte vieja, con mi traductora, que se llamaba Alma, como Alma Máter, y un conductor. Nada más terminar el bombardeo yo quise salir y me dijo el conductor: “No”. Yo le insistí y recuerdo que una chica que estaba detrás, que era guapísima o al menos me lo pareció en ese momento, me dijo en inglés: “Llevamos un año de guerra y sigue vivo, haz lo que dice él”. Y, efectivamente, al minuto se produjo un segundo bombardeo. Entonces me explicaron que los serbios actuaban así, primero lanzan un bombardeo, esperan, y cuando la gente va a ayudar a los heridos llega el segundo ataque. Cuando terminó el segundo bombardeo, entonces me dijo: “Ahora podemos salir”. Aprendes a hacer lo que los demás hacen; si están vivos será por alguna razón.

Supongo que en cada guerra habrá unos códigos y una forma de actuar por parte de los distintos bandos, y será necesario aprender de quienes tienen experiencia en el lugar.

Sí, aprender de la experiencia teniendo en cuenta que lo que tú sepas no sirve para nada, es otro mundo. Me pasó en el ‘Prestige’. Con un marinero íbamos a salir en un barco a ver el chapapote en las Islas Cíes y me dijo que no podíamos ir porque había mar de fondo. Le respondimos que había dejado de llover y nos subimos al barquito. Empezamos a salir de la ría y pegaba unos golpes tremendos. Entonces nos contó que eso fue lo que le pasó al ‘Prestige’, lo que lo rompió. Nos dijo que si queríamos podríamos seguir pero no nos garantizaba que pudiéramos volver esa noche, así que le pedí que volviéramos. Me respondió que lo que quisiéramos, que yo mandaba, y yo le contesté que no, que aquí él era el catedrático. Pues lo mismo allí. El niño que vive en la selva es el catedrático; tú vas allí a aprender, a escuchar.

En determinados lugares puede haber una falsa sensación de seguridad, pero supongo que habrá que seguir alerta porque te puede costar la vida o acabar herido.

Sí, desarrollas un sentido, que a mí me ha funcionado porque estoy vivo, que es saber cuando va a pasar algo. Me ha ocurrido ya antes de ir a las guerras. Cuando estuve en Londres, donde viví un año, en 1981 trabajaba en un hotel de cuáqueros donde todos éramos estudiantes e íbamos a salir a tomar algo. Estábamos en un pub en el centro de Londres y percibí que iba a haber una pelea, les dije a mis amigos que nos fuéramos y enseguida comenzó la reyerta.

Ese instinto es muy útil cuando llegas a un control militar. Debes saber en qué momento te puedes poner chulo y cuándo no. Lo percibes.

También debe ser importante tener un buen estómago, que sea capaz de asimilar comidas diferentes y no enfermar con facilidad.

Nunca he tenido problemas en ese sentido, excepto en Afganistán el último día de un viaje en 2009 me relajé y me tomé una ensalada libanesa en el hotel en el que estábamos y dejé rastro de mí en todos los aeropuertos, aviones… Pero normalmente me ha ido muy bien, excepto cuando cogí la malaria, aunque dio la cara cuando llegué aquí. Siempre he tenido mucho cuidado y he seguido una frase de Gervasio (Sánchez) que es: “Hay que comer cuando se puede”. Si ahora tenemos tiempo, comemos. A mediodía normalmente no se come, porque estás trabajando y no vas a parar en la recogida de datos y cuando vuelves al hotel te pones a escribir. Así que desayunas bien y cenas.

Algo que me ha llamado la atención en la novela es que el protagonista afirma que al principio siempre siente mucha emoción ante la perspectiva de cubrir un conflicto pero cuando finalmente el periódico se lo asigna, de repente le entra el miedo y en la mente aparecen todos los peligros e incluso el temor a no ser capaz de informar bien sobre la situación. ¿Hay que saber mucho previamente del país al que se va a viajar?

No hay que saber mucho del país, sino que hay que tener suerte y dar con la gente que te explique las cosas. Yo le estuve dando el coñazo a mi jefe, Luis Matías, el marido de Georgina Higueras, pidiéndole ir a Chechenia porque estaba harto de traducir el Washington Post y el New York Times -podíamos hacerlo porque teníamos los servicios-. Luis me decía que no podía mandarme allí porque no sabía ruso, pero yo le respondía que había una cosa que se llama billete de 100 dólares que lo das y la gente habla idiomas. Entonces me replicaba: “Es que no quiero que te maten”. Y al final, tras tanta insistencia me mandaron. Me dejó un mensaje en el contestador automático: “Lo has conseguido, vete a Chechenia”. Me entró un miedo tremendo a no enterarme de nada. Y de hecho, después de ese mensaje de Luis nunca más he tenido contestador automático para que nadie más me vuela a decir “Vete a Chechenia”.

Cuando estás aquí ves todas las ventajas, las crónicas, cosas por hacer…, pero cuando llegas allí, piensas “no me voy a enterar de nada”. A veces haces una lista de temas, que es como una forma de enfrentarte al folio en blanco. Luego, si todo te va bien, de esos temas que has apuntado antes de irte no vas a tocar ninguno, porque te vas a encontrar otros mucho mejores.

También hay momentos en los que no se puede tomar notas, porque se pueden perder detalles. ¿Hay que tener buena memoria?

Sí. Además no hay que tomar notas para que no te vean que lo haces, porque en un momento dado, en una columna militar a la que han atacado que recuerden que eres periodista puede ser un inconveniente. Si te haces el invisible y estás mirando con las manos en los bolsillos, nadie se acuerda de que eres periodista.

¿Alguna vez ha corrido el riesgo de ser secuestrado?

Una vez en Sierra Leona creyeron que nos habían secuestrado a Gervasio y a mí, pero no, fue a Javier Espinosa y a un periodista francés. Y en Gaza me secuestraron unas horas, con Carmen Secanella, pero fue una detención más que un secuestro, por parte de un gilipollas de las Brigadas Al-Aqsa. Mi miedo era que, como iban encapuchados y estaban todos muy nerviosos, a alguien se le escapara un disparo.

Como no he ido a Siria no he tenido ese miedo, pero es algo que atemoriza. Nosotros hasta 2003 creo que éramos bienvenidos por la parte débil, pero eso cambia cuando en la invasión de Irak, las distintas insulgencias islamistas tienen webs y cámaras y nos nos necesitan para colocar su mensaje. Entonces, igual que para las tropas occidentales somos testigos incómodos, para ellos también, y hemos pasado a ser espías o fuentes de dinero.

Después, en las Primaveras Árabes, en Túnez, Libia y Egipto, al principio volvimos a ser intocables, pero en Siria claramente no. En Yemen no van a por el periodista, pero ahí debes ir muy disfrazado o muy protegido.

Actualmente, ¿cómo se cuentan los conflictos armados? ¿Se abusa de la información de agencias, hay menos testigos directos de lo que está aconteciendo? ¿Cree que hay muchas diferencias respecto a la época dorada del periodismo que usted vivió?

Yo ahora como me hago más análisis tengo muchísimo acceso a fuentes. Por ejemplo, puedo leer un periódico de Uganda, que antes no podía leer sin Internet. Tienes acceso a profesores americanos que saben muchísimo de un tema, puedes enviarle un correo a su universidad y te contesta. Pero sí, claro, yo he pisado el terreno. Y normalmente escribo de sitios donde he estado, conozco o he estudiado bastante. Ahora falta pisar el terreno y hacerlo sin tener un calendario. Es como cuando tienes que escribir un artículo. Si me das una hora, me bloquea; pero si me dices que tengo tres horas, te lo escribo en 15 minutos.

Lo que veo ahora es que se va muchas veces a los sitios con el titular hecho o con una ONG. Yo doy por cerrada esa etapa. Me dice una amiga catalana: “Tú ya puedes vivir del cuento”. Hay otras cosas que hacer, aparte de ir a guerras. Hemingway lo decía: “Es una profesión muy bonita si la dejas a tiempo”. Bueno, a mí me gusta mucho, si tuviera 18 años volvería a hacer lo mismo. Sólo cambiaría haber aprendido inglés de mi madre, que es inglesa, sin hacerle caso a mi padre. Y ahora hay libros que leer, viajes que disfrutar, tiempo para pensar, para escribir otro tipo de libros, cómo éste, el que hice de mi familia, con el que estoy ahora sobre ciudades y soledad. Ahora es una época de subir nota, profesional y personal. No sé quién dijo que la vida es una sucesión de biografías, y yo en estos momentos estoy escribiendo otra biografía, ésta ya está hecha.

Usted ha tocado las dos orillas, la periodística y la literaria, como le dijo en una ocasión a Saramago.

Sí, pero yo no me atrevo a decir que ocupo la parte literaria, aunque haya escrito una novela o aquél libro sobre mi familia. Soy un periodista que escribe, creo que bien, pero un escritor es otra cosa. Es como la palabra “intelectual”, eso es algo que te lo tiene que dar la sociedad, al igual que si eres escritor o no. Soy un periodista que escribe libros, crónicas, análisis…

El siguiente libro es una novela que no tiene nada que ver con el periodismo. Con ésta quiero cerrar la etapa periodística, no deseo volver a hablar de periodismo, ni en novela ni en otro formato. Hay una novela que tengo muchos años en la cabeza que no tiene nada que ver con el periodismo. Supondrá jugar sin red y ya veremos. Tengo dos intentos fallidos de esa novela. Lleva acompañándome quince años y creo que ahora estaría preparado para escribirla. Después de esta última, entendí que la próxima tiene que ser corta.

Ramón Lobo: "Kapuściński representa esa época del periodismo lento que ha desaparecido" en DESTACADOS PERIODISMO La empecé hace unos diez años. La paré porque aposté por una historia emocional y luego la recuperé. Desde que me puse tardé unos dos años en terminarla. Me costó muchísimo porque me dejo ir, escribo sin guión. Con el libro ‘Todos los náufragos’, que la editorial compró con dos capítulos, me preguntaron si tenía un esquema y dije que no, el esquema está aquí (se señala la cabeza). Y no sé si lo que está aquí va a ser un párrafo, un capítulo o nada. Lo que me encanta es la aventura de descubrirte, de editar y aplicar el principio de arquitectura de “menos es más”.

Me gusta ese buceo en ti mismo. Ahora estoy leyendo un libro que se llama “La historia del silencio”, que me encanta. Escribir consiste en entrar en silencio contigo mismo. Ese proceso me fascina. Si de ahí sale una obra maestra o una mierda, eso no es importante. Si vende mucho o vende poco, tampoco lo es. Lo importante es si ese ejercicio de buceo a ti te ha ordenado o no. Es una forma de vivir.

Más sobre en autor, en la web de Ramón Lobo: En la boca del lobo