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Manuel Desantes: “Sin las nuevas tecnologías el ser humano estaba predestinado a la desaparición”

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Manuel Desantes, en primer plano, durante la Jornada Internet de las Cosas - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

La civilización se halla inmersa en una nueva era, completamente revolucionaria en la historia de la humanidad, que se basa en el Internet de las Cosas y la Inteligencia Artificial. La comunicación entre los objetos cotidianos es ya un hecho que supone una auténtica revolución en los hogares, los trabajos, la salud, la educación, las relaciones personales… Las oportunidades son muchas, pero también los riesgos, como la pérdida de privacidad, los ciberataques o el deterioro del contacto personal.

Sobre las implicaciones que conlleva el Internet de las Cosas, Casa Mediterráneo acogió una jornada el pasado 28 de junio, donde prestigiosos expertos en la materia procedentes de países como Israel, Francia, Italia o Estados Unidos, ofrecieron sus conocimientos sobre este fenómeno global que España está afrontando con decisión y que requiere un cambio de las normas que regulan un mundo totalmente diferente al que conocemos.

Manuel Desantes, Catedrático de Derecho internacional privado en la Universidad de Alicante, con un curriculum internacional impresionante, fue el encargado de moderar el encuentro, titulado ‘Internet of Things: An opportunity Mediterranean SMES can not lose’, íntegramente en inglés, tras el cual concedió una entrevista a la revista Casa Mediterráneo

Por favor, explíquenos de forma sencilla qué es el Internet de las Cosas.

Es muy fácil de explicar. Hasta ahora, lo que conocemos de Internet es el Internet de las personas. Las personas envían un e-mail a otras personas. Estamos en una red social, como Facebook, donde las personas se comunican con personas. Con el móvil, hablamos a las personas. Pues ahora viene el mismo Internet, pero en lugar de ser sólo para las personas lo es también para las cosas. Es decir, la tecnología va a permitir que las cosas se comuniquen entre ellas a través de las telecomunicaciones y de sensores.

¿Por qué ahora y no antes? Muy sencillo, porque la antes la capacidad de computación era mucho menor que la que hay ahora, la capacidad de almacenamiento y de analítica de datos era mucho menor que la que existe ahora, la conectividad, es decir, las telecomunicaciones eran mucho menos eficientes que ahora… En este momento, en el año 2019, se ha dado toda una serie de circunstancias que posibilitan que millones de datos enviados por las cosas, a través de chips, sean tratados de tal manera que las cosas puedan comunicarse entre ellas.

¿Qué quiere decir? Pues que vamos a poder gobernar nuestra nevera, lavadora y secadora desde nuestro móvil, pero al mismo tiempo también que se van a poder realizar operaciones a distancia; se va a poder monitorizar nuestra salud de una manera mucho más eficiente que antes; a la vez, los coches van a circular autónomamente; y las ciudades se van a hacer inteligentes, de manera que los semáforos se abrirán o se cerrarán no cuando toque, sino cuando haya coches o no los haya. Y eso tiene que repercutir, necesariamente, en un aumento de la calidad de vida de las personas. Pero claro, también entraña muchos riesgos. Primero, habrá muchos datos personales circulando. ¿Cómo conseguimos que se mantenga la privacidad? Segundo, la posibilidad de ciberataques es muy grande. Imagínate que la medicación que me tenga que tomar sea regulada por unas máquinas que hablan entre ellas y alguien interfiere y me la cambia. O los consumidores vamos a estar sometidos a contratos de consumo muy, muy complejos, porque lo que se nos va a ofrecer ya no sabemos si son productos, si son servicios, si son las dos cosas, desde dónde se nos ofrece… Vamos a un mundo completamente diferente al que conocemos hasta ahora y eso a mí me parece fantástico.

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Tenemos la oportunidad de vivirlo y además de pasar el tránsito, porque nuestra generación ha pasado de no tener móviles a que las máquinas se comuniquen entre sí. Se trata de un cambio muy rápido, pero además estamos hablando del presente, no es algo del futuro.

Tú lo has dicho. La palabra clave es que todo va muy rápido. Y diría que todo va mucho más rápido de lo que ha pasado hasta ahora en la historia. Los seres humanos -y éste quizás sea un mensaje muy potente- hemos vivido cientos de miles de años, desde que tenemos conciencia, en un esquema y un entorno de cambio aritmético, que iba poco a poco. Uno mira a la generación anterior y entiende lo que hacían sus padres, y mira a la generación siguiente y entiende lo que hacen sus hijos. De pronto, por primera vez, nos metemos en un mundo de cambio exponencial, en el que ya no vamos a entender en absoluto lo que van a hacer los que vienen cinco, dos o un año detrás de nosotros.

Y ¿qué pasa? Que nuestros genes, heredados de nuestros tatarabuelos, están diseñados para el cambio aritmético, no para el cambio exponencial, y no sabemos qué hacer. Tenemos leyes que están hechas para cambiar aritméticamente, no exponencialmente. Disponemos de un diseño de la sociedad que está hecho para un modelo que ya no existe y no sabemos qué hacer. Entonces, ante esta situación, como hemos visto en la sesión, hay tres posibles reacciones. Una, decir esto no va conmigo, meto la cabeza debajo de la tierra, como el avestruz, y a ver qué pasa. Dos, oponerse y decir: No, yo no quiero, prefería el mundo anterior, la postura del nostálgico. O tres, liderar la manifestación, reconocer que esto va a pasar, y más vale que pase de tal manera que el ser humano esté en primer lugar.

Es decir, es verdad que las máquinas harán muchas cosas, muchos trabajos que ahora desempeñamos nosotros, pero también es cierto que surgirán oportunidades de otros muchos nuevos empleos. Vamos a crearlos. Es verdad que hay muchos riesgos. Pues vamos a crear esquemas de seguridad que no permitan los ataques o que los hagan mucho más difíciles. Es verdad que la privacidad se pierde, pues vamos a plantear un sistema que, por lo menos, permita que tengamos un mínimo de privacidad. Es verdad que parece que las máquinas pueden sobre los hombres… Pues no, vamos a poner a las personas, los derechos humanos y la humanidad por delante. ¿Para qué? Para que al final todo esto sirva para tener una sociedad mejor, que sea sostenible. Probablemente, sin las nuevas tecnologías el ser humano estaba predestinado a la desaparición. Gracias a todo esto tenemos una nueva oportunidad de controlar el Medio Ambiente, de hacer el mundo sostenible, de acabar con los plásticos, de volver otra vez a que nuestros hijos y nuestros nietos tengan un mundo mejor del que hemos heredado nosotros.

Hay muchas más oportunidades si se observa de una manera positiva. Por ejemplo, enfermedades antes incurables, hoy día tienen tratamiento. La serie de Netflix ‘Black Mirror’ precisamente aborda todos estos avances, da mucho qué pensar, porque por un lado muestra que la vida puede ser mucho más cómoda, pero por otro lado se nos puede ir de las manos y también nos podemos deshumanizar. Todo depende del uso que les demos a las nuevas tecnologías.

Lo que sí es cierto es que si no lo afrontamos nos pasará el ‘black mirror’. Si lo afrontamos no sé lo que pasará, pero sí tendremos la posibilidad de controlarlo, eso sí, para beneficio de los seres humanos, no contra ellos. Y, por lo tanto, es ahí donde se integra el Internet de las Cosas y la Inteligencia Artificial, que vienen mano a mano.

En este contexto, las carreras que más salidas van a tener, ¿serán las relacionadas con la informática?

Serán las carreras que vayan enfocadas a este nuevo mundo. Pero probablemente también los sociólogos, los psicólogos, los filósofos o los abogados que sean capaces de entenderlo. Ahí es donde estarán los trabajos. Y hay que inventar nuevos empleos. De la misma manera que en lugar de emplear la azada se puso una máquina de vapor primero, un ferrocarril o un tractor, desaparecieron muchos trabajos y nacieron muchos otros. Hay que verlo de una manera positiva.