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Ricardo García Vilanova: “Marco los límites de la fotografía desde la perspectiva de cómo me gustaría que me trataran a mí como víctima”

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Ricardo García Vilanova - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

El fotoperiodista Ricardo García Vilanova (Barcelona, 1971) conoce muy bien el horror de la guerra. Ejerce como fotógrafo freelance desde hace quince años, labor que compagina como cámara de vídeo en zonas de conflicto y crisis humanas.  El próximo 6 de mayo saldrá a las librerías su libro de fotografías ‘Fade to black. Ascenso y caída del Califato del ISIS 2011-2019. Siria, Iraq y Libia’ (Editorial Blume Naturart), resultado de nueve años en primera línea en los frentes de guerra de Siria, Libia e Iraq, los tres países más afectados por el ISIS.

Sus trabajos se han publicado en medios tan prestigiosos como Life, Newsweek, The New Yorker, Time, The New York Times, The Washington Post, The Wall Street Journal, Los Angeles Times, USA Today, The Huffington Post, Foreign Policy, Le Monde, Liberation, Le Figaro, Paris Match, The Guardian, The Daily Telegraph, The Times, Der Spiegel, El País, El Mundo, La Vanguardia o CNN y ha ganado numerosos premios nacionales e internacionales.

García Vilanova ha vivido en primera persona la Guerra de Siria desde sus inicios en 2011, donde se ha jugado literalmente la vida tratando de captar con su cámara los efectos demoledores del conflicto en la población civil, víctima de coches bomba, bombardeos indiscriminados de ciudades enteras y certeros disparos de francotiradores. No obstante, el fotorreportero huye del protagonismo y del ego que en ocasiones caracteriza a algunos compañeros de profesión, ya que tiene claro su trabajo: ser mero intermediario entre las víctimas de los conflictos y la opinión pública. Por eso, cuando se le pregunta por su cautiverio en Siria, donde fue secuestrado por el Estado Islámico en dos ocasiones (durante once días a finales de 2012 y a lo largo de seis meses desde septiembre de 2013 junto a Javier Espinosa) le resta importancia y asegura que se trata de un “accidente laboral”, ya que quien va a cubrir una guerra debe ser consciente de los riesgos que asume.

‘Fade to black’ (Fundido en negro), con prólogo del fotorreportero Gervasio Sánchez, fue presentado por Ricardo García Vilanova el pasado 30 de abril en Casa Mediterráneo en el marco del ciclo ‘Objetivo Mediterráneo’.

¿Cómo comenzó su afición por la fotografía?

Básicamente el tema de la fotografía es algo bastante innato. Entre mis opciones de vida siempre ha estado la fotografía, el hecho de poder ver, encuadrar, extrapolar esa realidad, sobre todo subjetiva, y poder transmitirla a nivel fotográfico. La pintura siempre me ha interesado, pero soy bastante más perezoso, ya que exige más dedicación y paciencia, lo que no forma parte de mi carácter. Prefiero admirarla y dedicarme a la fotografía, que es algo mucho más rápido en cuanto al proceso y la producción.

Sus comienzos fueron muy distintos a los que desempeña ahora como fotorreportero de guerra, al dedicarse a realizar reportajes publicitarios, de bodas y otros eventos sociales. ¿Qué es lo que le movió a dar ese salto?

En un momento determinado usé esa herramienta para poder poder financiar mis viajes, porque en la fotografía de conflictos las cantidades que necesitas manejar para llegar a los países y poder moverte son exorbitantes. Fue mi forma de financiación; cada uno escoge una. Por ejemplo, Gervasio Sánchez explica que trabajaba como camarero durante seis meses al año y posteriormente invertía ese dinero para ir, sobre todo, a la guerra de Kosovo.

Hoy en día, ¿cómo financia sus viajes a los lugares de conflicto? ¿Su trabajo como freelance para diversos medios de comunicación nacionales y extranjeros le resulta suficiente para costeárselo?

He vivido las dos partes: en la ola de la cresta, cuyo punto de inflexión fue 2011, anteriormente podías desarrollar tu trabajo porque había dinero, logística, interés sobre todo por parte de los medios internacionales para los que yo trabajaba; y después, en 2011, matan a dos periodistas americanos en la ciudad libia de Misrata, y desde entonces se produce un cambio en el mercado.

Lo que yo hago para seguir financiándome esos viajes es básicamente trabajar para la televisión, que aún es una herramienta que te permite costearte los desplazamientos y los gastos. Y a partir de ahí hago las fotografías que yo quiero, independientemente de que tenga la capacidad de venderlas o no. Para que te hagas una idea, lo que pagaba anteriormente por un día de trabajo en una zona de conflicto un medio americano como el Wall Street Journal es lo que ahora se paga por una galería que puedes hacer en diez o doce días.

¿Por qué sostiene que Siria es uno de los países más complicados para trabajar como fotorreportero?

Es un país donde se produce algo que yo nunca antes había visto: los civiles se convierten en moneda de cambio. En conflictos anteriores ha habido un respeto, entre comillas, a los civiles. Por ejemplo, en 2011 en Sirte (Libia) abrieron un corredor humanitario y los dejaron salir. Siria es el primer país en el que yo veo que se ataca a los civiles de forma directa. Recuerdo, por ejemplo, en 2012 al primer niño al que vi muerto, con un disparo en la frente. Fue el objetivo deliberado de un francotirador.

Es algo que anteriormente nunca había presenciado en una guerra y resultó sorprendente porque no se daba desde hacía muchos años. Por ejemplo, Javier (Espinosa) me explicaba que eso sucedía en la Guerra de Kosovo.

¿Cómo logró el Estado Islámico infiltrarse de tal manera en Siria hasta crear un Califato, ahora derrotado? La población civil siria solía decir que los islamistas radicales procedían de otros países.

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Ricardo García Vilanova – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

El Estado Islámico se crea por tres motivos: primero porque Bashar al-Ásad abre las puertas de sus prisiones y todos los islamistas radicales que había se incorporan a la revolución siria; en segundo lugar, por las injerencias de países externos; y en tercer lugar, porque la población no ve una opción más para combatir la masacre que estaba perpetrando al-Ásad en las ciudades que trataban de controlar.

Lo que sucede a partir de aquí es que existen grupos radicales, como al-Sham, Al Qaeda e ISIS. Al principio sí había gente autóctona siria involucrada, pero lo cierto es que las ramificaciones del ISIS al final sólo están controladas por extranjeros. Los sirios están integrados en este grupo pero sólo pertenecen a una rama, que se encuentra en la parte más baja.

Una de las personas que entrevista en el libro ‘Fade to black’ es un chico libio, Marwan, farmacéutico cuya vida cambia radicalmente con la llegada del ISIS. Él afirma que gran parte de los islamistas radicales no lucha por una ideología, sino por dinero, poder o por sentirse parte de un grupo. ¿Comparte esa opinión?

Sí, de hecho no hay un perfil unitario de un yihadista o un integrante de un grupo radical como el ISIS. Existen muchos perfiles: un perfil identitario, de personas que no se sienten identificadas dentro de un país, como pueden ser España, Francia o Bélgica; un perfil económico, de gente a la que el ISIS le pone un sueldo mensual de 400 ó 600 dólares al mes; y un perfil radical, psicópata, asesinos que simplemente dan rienda suelta a sus instintos dentro de este grupo para asesinar de forma impune.

Efectivamente, Marwan tiene razón, pero teniendo en cuenta que hay gente muy dispar en este grupo, hay individuos con un nivel de crueldad muy variable, y otros que no tienen más opción para intentar sobrevivir dentro de una guerra civil, como la de Siria, donde hay muchísimas injerencias de distintos países y cada uno tiene su propia agenda.

¿Cuál es el mayor peligro que constituyen los islamistas radicales? ¿El hecho de que no tengan miedo a morir y de que estén diseminados por cualquier lugar del mundo? Al mismo tiempo, hay integrantes del Estado Islámico que juran dar su vida por la causa pero cuando ven la muerte de cerca huyen.

Por supuesto, sin la voluntad de morir por el Califato éste se habría extinguido, aunque no como grupo. Si todos no hubieran tenido miedo a morir podrían haber resistido mucho más de lo que hicieron en la caída de Al Baguz de hace unas pocas semanas. Efectivamente, hay dos perfiles muy cambiantes. Sólo hay que ver el vídeo que ayer [por anteayer] publicó el propio Al Baghdadi (líder del Estado Islámico), uno de los primeros que trató de sobrevivir, al igual que su primo, que otros yihadistas en Libia, en Mosul o en Irak, que en un momento determinado cuando se encontraron a la puertas de la muerte intentaron salvar su vida, no siendo consecuentes con su propia filosofía.

Usted que ha presenciado tantos atentados contra la población cicvil en Siria, Libia o Irak, cuando ve la dimensión que los medios de comunicación occidentales otorgan a los ataques que se producen en Europa o Estados Unidos frente a la escasa visibilidad que se les da a aquéllos, ¿qué piensa?

Lo primero que me gustaría subrayar es que el 90% de los atentados no se produce en Europa o Estados Unidos, sino en países árabes. Pero quizás la gran problemática que tenemos siempre como medios a nivel occidental es que damos más salida a los muertos que tenemos en casa que a los de fuera.

Yo simplemente funciono por empatía. Nos preocupamos por el ISIS cuando empezaron a poner bombas en Europa, pero antes era un problema que existía y a nadie le preocupaba. El segundo punto es el que te decía: hay muertos de primera y muertos de segunda. Yo recuerdo que cuando estaba en Siria, en una de las ocasiones me llamó un columnista para hacer un artículo sobre el atentado que había ocurrido en Barcelona, donde hubo una importante polémica porque publicaron fotos de gente muerta en las Ramblas. Claro, eso está muy bien, siempre y cuando la distinción no se haga para unos ni para otros. Una cosa es que publiquemos fotos de niños muertos en Siria en portada y luego cuando se trate de nuestros muertos no queramos hacerlo. Forma parte de la hipocresía de Occidente.

En ese caso, ¿prima el morbo por encima de la ética si se trata del mundo árabe?

Más que morbo, creo que es una cuestión de empatía. Somos capaces de asimilar como algo lejano el hecho de que haya en la portada de un periódico un niño sirio muerto en las playas de Turquía y que no se publique la foto de una persona fallecida en Barcelona a pesar de que no se le vea la cara, porque es nuestro y no queremos que esa imagen transcienda más allá de nuestras fronteras. Es una cuestión de hipocresía, básicamente.

Imagino que a nadie le gustaría ver publicada la foto de un familiar en ese estado.

Yo creo que al final el hecho de que queramos o no que esas imágenes salgan es algo totalmente subjetivo. En zona de guerra evidentemente ellos quieren que se publique, al contrario de lo que la gente piensa. Lo primero que hacen es enseñarte sus muertos, porque quieren que tú expliques su historia. Y en segundo lugar, creo que esos límites vienen muy marcados por la cultura que te han implementado desde pequeño. En los países musulmanes son mucho más abiertos que en los occidentales en cuanto al tema de la muerte. Y también existen los límites de los medios, que dependen de su tendencia y del público al que van dirigidos. En cualquier caso, yo marco esos límites desde la perspectiva de cómo me gustaría que me trataran a mí como víctima.

¿La gente que le pide que fotografíe a sus muertos, le ve a usted como un aliado a la hora de que denuncie lo que pasa en ese país?

Más que como un aliado, los códigos de conducta que se establecen en una relación normal, como la que podemos tener tú y yo ahora, en la guerra quedan rotos, no existen leyes, ni castigos y lo que sucede es que la gente intenta extrapolar su historia a los medios porque ve a la persona que está ahí como la herramienta para poder expirar su sufrimiento. Desde esa perspectiva siempre te aceptan, porque entienden que va a ser positivo para ellos. Lo que buscan, en definitiva, es esa empatía que como sociedad todos deberíamos tener.

En Siria fue secuestrado en dos ocasiones. A finales de 2012 permaneció 11 días en cautiverio y en 2013 estuvo retenido seis meses en diversas cárceles secretas del Estado Islámico, donde se producían torturas y asesinatos. ¿En algún momento temió por su vida?

Al final siempre digo lo mismo: Fue un accidente de trabajo. Cuando vas a una guerra no puedes pretender que no te vaya a pasar nada a nivel personal. Lo primero que tienes que hacer contigo mismo es aceptar esa posibilidad.

Durante todos esos días, ¿era capaz de dormir por las noches?

Sí, no tenía ningún problema para dormir, ni para comer lo poco que nos daban. Creo que hay gente que sirve para un trabajo determinado. Por ejemplo, yo no podría ser médico, tener la vida de una persona en tus manos es una responsabilidad demasiado grande. Cada uno tiene una serie de virtudes y habilidades que le capacitan para un trabajo determinado.

¿Tras su liberación, ha llegado a sufrir estrés postraumático?

No, seguí trabajando en el terreno y no he experimentado ninguno de sus síntomas.

¿Cual es la situación actual que atraviesa Siria, tras la práctica extinción del Califato, teniendo en cuenta que el ISIS sigue existiendo? ¿Qué salida vislumbra para el país?

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Portada de ‘Fade to black’

La imagen que tenemos ahora es que todo ha terminado y no es cierto. El Califato como tal ya no existe, al no controlar territorio, pero sigue existiendo el grupo ISIS, con vinculaciones e influencia en muchos países, como recientemente hemos podido comprobar con los atentados en Sri Lanka. El ISIS es un problema, como grupo terrorista sigue existiendo y creo que sus acciones van a ser mucho más violentas en el futuro. La capacidad de captación que tenía como Estado la intentará suplir con acciones más cruentas sobre el terreno.

Y respecto a la situación en Siria, es un país fragmentado y, como tal, ya no existe una solución posible. Siria tiene que aceptar su condición de país fragmentado e intentar avanzar hacia una paz en la que cada cual respete su área de influencia, pero creo que tampoco va a ser posible, porque se ha convertido en una guerra sectaria. A diferencia de lo que ocurría al principio, que se trataba de una revolución iniciada por un grupo de personas que en un momento determinado se unificaron para combatir a un dictador buscando un cambio democrático, como eso no fue posible, luego se produjo la implementación de grupos terroristas radicales y ahora es ya una guerra sectaria. En estas circunstancias, difícilmente va a tener una solución como la que pueda haber en Irak o en otros países.

Cuando las Primaveras Árabes irrumpieron en Siria, ¿el escenario posterior de guerra fue algo inesperado?

Las Primaveras Árabes acabaron en guerra en dos países, en Siria y Libia, donde fueron un fracaso absoluto por la injerencia de países externos que tenían sus propios intereses. Seguramente eso ha sido parte del fracaso, junto al hecho de que al-Ásad abriera las puertas de sus prisiones liberando a todos los presos islamistas y, sobre todo, creo que el principal motivo es que ni la Liga Árabe ni la comunidad internacional hicieron nada por proteger a los civiles. En un momento determinado de 2012 si se hubiera establecido una zona de exclusión aérea (no fly zone) seguramente las circunstancias del conflicto sirio hoy serían diferentes, pero al final muchos países entraron en ese tablero de ajedrez con su propia agenda.

¿Cuánto pesa el interés económico?

Muchísimo, hay grandes intereses por ser un lugar estratégico de paso para los gasoductos, pero también existen intereses geopolíticos, estratégicos, de territorio…

Estados Unidos y Rusia han desempeñado un papel importante en la guerra al apoyar a unas u otras facciones.

Lo que han hecho ha sido polarizar ese conflicto, que ahora está enquistado, y al que realmente no le veo solución ni siquiera a largo plazo.

Como consecuencia de esta prolongada guerra, ¿podría decirse que en Siria hay una generación perdida?

Hay muchas generaciones, yo diría que no sólo una, sino dos o tres que se han perdido. Muchísima gente ha huido del país. Las personas que he conocido desde el estallido de la revolución en 2011 o bien están muertas o bien se han ido del país, al no tener otra opción más que huir o intentar sobrevivir dentro del conflicto. De los que se quedaron, el 98% están muertos.