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Benjamín Prado: “Gracias a Internet, las injusticias literarias son un fenómeno del siglo XIX”

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Benjamin Prado momentos antes de su charla en Casa Mediterráneo - © Maria Gilabert - Revista Casa Mediterráneo
El polifacético novelista, poeta y ensayista Benjamín Prado, asiduo colaborador de prensa, radio y televisión y letrista de músicos como Joaquín Sabina o Coque Malla, ofreció una charla sobre literatura el pasado 4 de octubre en Casa Mediterráneo, con motivo del ciclo “Escritores y el Mediterráneo”. Prado habló de su última novela, ‘Los treinta apellidos’ (Alfaguara, 2018), la cuarta entrega de una serie protagonizada por el singular profesor de literatura y detective ocasional Juan Urbano, que indaga en el origen turbio de algunas de las grandes fortunas de nuestro país.

En sus novelas, el autor aborda determinados temas arrancados de las páginas de la historia reciente de España, como el caso de los niños robados a los republicanos y a las familias pobres, la visión edulcorada de la Transición o la España del “pelotazo”, y los teje de forma entretenida para el lector mediante géneros tan dispares como el histórico, de espionaje, el negro o de aventuras, a los que anuncia que añadirá el terror y la ciencia ficción.

Tu último libro, ‘Los treinta apellidos’, recrea la historia de una saga familiar que amasó su fortuna mediante negocios turbios. ¿Qué hechos has descubierto mientras te documentabas?

Uno no escribe novelas para descubrir cosas, sino para confirmarlas más bien, como he tratado en la serie protagonizada por el profesor Juan Urbano, suponiendo que sea un profesor porque a estas alturas ya no sé si es un investigador o un detective privado casero. Pero en cualquier caso, todo aquel que busca para desenterrar algo sobre lo que se ha echado tierra, de alguna manera, es un detective, él también. Estoy haciendo una serie de diez novelas, ésta es la cuarta y la idea es ir desenterrando algunos episodios de nuestra historia más o menos reciente que yo creo que hay que volver a contar, con cuya versión oficial o aceptada no estoy del todo de acuerdo.

Desde que empecé, dije que cada una de las novelas de la serie iba a juguetear con algún género. Comencé con ‘Mala gente que camina’, sobre el robo de niños, primero a las republicanas y luego directamente a los pobres, abordando el género histórico. Después escribí ‘Operación Gladio’, una visión menos edulcorada de la que solemos oír sobre la Transición, tratada como novela de espías. A continuación publiqué ‘Ajuste de cuentas’, una novela negra con el fondo de la España famosa del “pelotazo” de los Mario Conde, los Javier de la Rosa, los Mariano Rubio… Y ahora ha llegado un momento muy divertido: hacer una historia de aventuras, de piratas, de viajes, grandes amores -no muy felices-, traiciones y sagas familiares enriquecidas de manera extraña. Es algo que todos sabemos y que se puede confirmar con la frase de un empresario que dio título a la novela: “Nosotros al IBEX35 lo llamamos el 30 más cinco, porque hay cinco que cambian y el resto somos las 30 familias que mandan en España desde hace 200 años”.

Eso es algo que está en el aire, pero cuando te pones a investigar y a buscar un camino te encuentras uno y en mi caso ha sido el de contar la historia de algunas de esas familias que empezaron como negreros y que de algún modo siguen en la actualidad como explotadores, porque si antes iban a coger personas a Guinea, las metían en un barco y las llevaban a los ingenios azucareros de Cuba, ahora tienen a niños trabajando en sus campos de biocarburantes o agronegocios a cambio de tres céntimos de euro al día por una jornada de 15 horas. No es lo mismo, es menos sanguinario, pero sigue siendo explotación, mantener la mentalidad colonialista de Europa, que está construida en su totalidad sobre la esclavitud y el colonialismo. Sobre eso quería hablar en la novela, y básicamente hacer una de aventuras, que la gente se entretenga, se divierta, a ser posible que la lectura sea para todos los públicos y a la vez tenga su gota de ideología, de ensayo y de reflexión.

Benjamín Prado: "Gracias a Internet, las injusticias literarias son un fenómeno del siglo XIX" en LITERATURA
Benjamin Prado, junto a la moderadora del encuentro, Marina Vicente – © María Gilabert – Revista Casa Mediterráneo

Tus novelas se han traducido y publicado en numerosos países, ¿cuál crees que es el secreto de su éxito dada la ingente cantidad de libros que se editan hoy en día?

No tengo ni la más remota idea. Uno no escribe pensando ni en los lectores en general, ni en el número de lectores en particular. Uno escribe lo mejor que sabe. Eso sí, yo lucho mucho por ser honrado, trabajar de verdad, no dejar cabos sueltos. Si emprendo una investigación quiero llegar hasta el final, intento mirar todos los rincones, no dejar ninguna puerta sin abrir. Y cuando llevas muchos años como yo publicando libros, sabes que hay obras que tienen más lectores y otras que tienen menos. Éste, por suerte, es de los primeros, a veces pulsas una tecla.

La literatura no es más que una extensión de esa necesidad que tenemos los seres humanos de contar historias, a lo mejor porque tenemos miedo, sabemos que somos un animalito mortal y para no tener que estar pensándolo todo el rato nos hemos inventado las películas, las novelas, los cuadros y las canciones, para entretenernos y embellecer un poco esta maravillosa y, al final, siempre dramática cosa que es la vida.

¿Qué propósito tiene para ti la literatura? 

Para mí los tiene todos: entretener, informar, educar, divertir, inquietar… Eso nos lo enseñaron Baudelaire y Walt Whitman en el mundo de la poesía. Whitman nos enseñó que se podía hacer un poema a una locomotora o a una máquina textil, en lugar de a un crepúsculo. Y Baudelaire nos enseñó que se podían hacer poemas sobre los bajos fondos de París y los fumaderos de opio, en vez de sobre los jardines floridos. Eso lo aprendimos ya en el siglo XIX y desde entonces no hay caminos prohibidos. De todo se puede escribir una gran novela o poema; eso depende del talento del autor. Mi libro favorito de poesía del siglo XX sin duda son las ‘Odas elementales’ de Neruda, porque me parece una hazaña que el tipo fuera capaz de hacer un bellísimo poema a una cebolla o a unas tijeras. Eso sí, tienes que ser capaz de llamar a la cebolla “redonda rosa de agua” o a las tijeras “pájaro que vuela en las peluquerías”.

La belleza está en todas las cosas, ¿pero lo difícil es saber expresarlo?

La belleza está en todas las cosas y en todas las personas. Ni siquiera sabemos explicarlo y eso es lo bonito. Cuando te preguntan cuál es tu color favorito, puedes responder que el azul, el verde o el rojo. Si te preguntan por qué, normalmente no lo sueles tener claro, al igual que por qué te gusta un tipo de persona.

Está envuelta en algo misterioso…

Lo que no tiene algo de misterioso carece de interés. Es como escribir una novela. Yo, antes necesito tener un plano, lo mismo que un arquitecto antes de diseñar un edificio. Lo primero que tiene que combinar un novelista, aunque un poeta también pero en menor medida -un poema es un chalé y una novela un edificio de 15 plantas- es saber hacer una estructura, porque si no se cae. Tengo que saber lo que va a pasar, cómo van a ser los protagonistas y cuál va a ser el final. Porque, ¿cómo disparas si no sabes dónde está la diana? Pero hay un punto en el que no quiero saber más, porque me gusta de pronto ese misterio que surge cuando se te ocurren cosas que ni tú mismo estabas esperando y dices “¡ostia, esto es buenísimo!”.

Hay personajes que se revelan. En esta novela, en concreto hay dos: el de la madre, Guadalupe Espriu, que aunque creía que era secundario ha ido creciendo; y el inspector San Segundo, que como ha crecido tanto estoy seguro de que en la siguiente novela va a tener un papel relevante, y posiblemente hasta la protagonice. Eso es muy divertido, porque si lo supiéramos todo de antemano seríamos mecanógrafos y no escritores.

Benjamín Prado: "Gracias a Internet, las injusticias literarias son un fenómeno del siglo XIX" en LITERATURA
Benjamin Prado en Casa Mediterráneo – © Maria Gilabert – Revista Casa Mediterráneo

Como autor de poesía, de hecho con ella diste el salto a la literatura, ¿aprecias un boom de este género en España?

La clave es la visibilidad. Jóvenes escritores ha habido siempre. Cuando yo empecé éramos setenta mil, luego el tiempo va haciendo su filtro, unos permanecen y otros se quedan en el camino, en cualquier momento de la historia. Ves la foto de la Generación del 27 en Sevilla y están Alberti, Lorca, Gerardo Diego y Guillén, pero también Juan José Domenchina, Juan Chabás, Joaquín Romero Murube, a quienes nadie lee hoy, etc. Ahora lo que ocurre es que existe esa visibilidad que ofrece Internet y que a mí me parece fantástica, porque gracias a eso no te da la sensación de que puedan producirse injusticias. Gracias a Internet, las injusticias son un fenómeno del siglo XIX, ya no hay genios ocultos. Injusticias literarias, ojo, no las otras (risas).

Hoy la invisibilidad no es posible. Cualquiera que escribe cinco poemas crea un blog, lo expone, si llama la atención tiene 2 millones de visitas y si no, recibe siete. Ahora se queman etapas más deprisa. Pero en definitiva, yo en lo único que creo es en el talento. Si alguien lo tiene se va a abrir paso y ahora más fácilmente, lo que es una buena noticia.

En relación a la Generación del 27, escribiste un ensayo sobre Alberti, ‘A la sombra del ángel’, con quien trabaste una amistad que duró muchos años, ¿cómo surgió esa relación?

Nos conocimos en un bar, me acerqué a él y por razones misteriosas él también quiso ser amigo mío. Estaba empezando a escribir y quería estar al lado de uno de los grandes, el poeta con mejor oído de toda la literatura moderna en nuestro idioma. Para encontrar a alguien equiparable te tienes que ir ya al Siglo de Oro. En eso es imbatible, el único que se le acerca quizás un poco es Gerardo Diego. No sé qué pudo ver en mí para que fuéramos amigos durante 14 años. Fue un aprendizaje maravilloso, su fe en la poesía, su respeto por la importancia de la cultura en la vida de un país… resultó muy emocionante compartirlo.

¿Cómo fue tu experiencia con Joaquín Sabina, con quien viajaste a Praga para escribir las letras de su disco ‘Vinagre y rosas’?

También hemos escrito juntos las letras de su último disco, ‘Lo niego todo’. Es algo natural, ya que Joaquín y yo somos amigos desde hace casi 40 años y ya habíamos escrito canciones sueltas de otros discos suyos. Creo que mis libros de poemas están llenos de versos que me ha regalado él; y en otras de sus canciones hay algunos míos también. Es un fenómeno normal entre dos amigos que escriben. Joaquín es un escritor con banda. Un día nos dio por hacer un disco entero, nos fuimos a Praga y lo empezamos, pero tardamos siete meses en escribirlo todo. Sin embargo, ‘Lo niego todo’ nos lo hemos quitado en un mes, en Rota.

Entre escribir con otro y hacerlo solo no hay tantas diferencias. Bueno, la diferencia esencial es que hay una segunda opinión y  entonces lo que hay que intentar es que la canción la haga el tercer hombre, uno que no sea ni del todo uno, ni del todo otro. En el terreno de la canción, lo que intento es aprender de él y tener, si no ideas, al menos alguna ocurrencia de vez en cuando.

¿Qué te aporta la literatura como escritor?

Uno no escribe sólo para tener éxito o para triunfar. Uno escribe, para empezar, porque lo necesita. Y más poesía, con la que sabes que no te vas a hacer rico, ni te van a erigir una estatua, salvo que seas Alberti. No me imagino a mí mismo no escribiendo, empecé a los 17 años y desde entonces no he dejado de hacerlo. Si la mayoría de las personas trabajara en algo que le satisface no habría ni guerras, creo que de la insatisfacción viene gran parte del veneno que hay en este mundo.