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Enrique Criado: “Como diplomático y como lector me resulta fácil entreverar mis viajes y mis lecturas”

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Enrique Criado tras su último libro 'El paraguas balcánico' - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Enrique Criado estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad de Viena, pero siempre quiso convertirse en diplomático, un sueño que hizo realidad en 2007. Tras un breve período trabajando en las embajadas españolas de La Habana y Londres, fue destinado como Jefe Adjunto de Misión a la Embajada de España en Kinshasa (República Democrática del Congo) durante tres años, experiencia que le llevó a escribir el libro ‘Cosas que no caben en una maleta. Vivencias de un diplomático novato en el Congo’ (Aguilar, 2016), que le reportó un éxito inmediato.

A continuación, entre 2012 y 2015 trabajó como Consejero en la Embajada de España en Canberra (Australia) y desde allí se desplazó a Bulgaria como Jefe Adjunto de Misión en la Embajada de España en Sofía. Durante su estancia en Bulgaria, desde 2015 hasta 2018, aprovechó para viajar a los países vecinos, Turquía, Grecia, Rumania y las repúblicas ex yugoslavas, así como a Moldavia, Ucrania, Georgia e Israel. Fruto de sus experiencias escribió ‘El paraguas balcánico. Un paseo sin protocolos’ (Ed. Aguilar, 2019), un libro de viajes que nos adentra en una región compleja a través de jugosas anécdotas y mucho sentido del humor, no exentas de rigor a la hora de reflejar su historia, política, economía y cultura.

En 2012, Criado fue galardonado con la Cruz Oficial de la Orden del Mérito Civil y en 2015 con la Encomienda de la misma Orden. El autor estuvo en Alicante el pasado 18 de febrero para participar en las Tertulias Literarias Mediterráneas de Casa Mediterráneo, en un encuentro celebrado en la Librería 80 Mundos, donde hizo un interesante y revelador recorrido por algunas de las costumbres, los hitos históricos y la actualidad de Bulgaria y la región de los Balcanes.

Su último libro, ‘El paraguas balcánico’, relata su experiencia personal en la región de los Balcanes, aportando anécdotas de su vida en Bulgaria y su visita a los países de la zona en los últimos tres años. ¿Se trata de sociedades muy distintas a la nuestra?

Yo diría que tienen una primera capa superficial que es muy similar a la nuestra. En el caso de Bulgaria es un país de la Unión Europea, que pertenece a la OTAN, tiene carreteras e infraestructuras modernas que te dan la falsa impresión de que es similar. Pero luego empiezas a descubrir que, cuando rascas en capas inferiores, hay cosas que no entiendes. Y eso es lo que a mí me ha resultado más interesante. Que bajo esa aparente uniformidad con Europa, ellos además de ser europeos, que lo son, tienen una serie de elementos orientales, rusos, turcos… que nosotros no entendemos.

Precisamente, el paso de los imperios otomano, ruso y austrohúngaro por esa región, ¿ha dejado influencias apreciables en el carácter y las costumbres de la población?

Está súper presente. En cada uno de los países balcánicos tiene más peso uno de los imperios: en Eslovenia y Croacia se nota más la influencia austrohúngara, en Serbia más la rusa, en el caso de Bulgaria yo diría que casi no hay influencia austrohúngara, y ésta es sobre todo rusa y turca. Bulgaria hay sido zona de enfrentamiento entre rusos y turcos, y su presencia es muy perceptible. La comida es esencialmente turca, el vínculo con Rusia es muy potente, el alfabeto cirílico, la Iglesia Ortodoxa… Un búlgaro medio habla de los hermanos rusos que les liberaron del yugo otomano. Y además están todos los monumentos de la época comunista, en la que Bulgaria era el satélite más fiel a la URSS.

Enrique Criado: "Como diplomático y como lector me resulta fácil entreverar mis viajes y mis lecturas" en LITERATURA
Enrique Criado, junto a la editora Marina Vicente, durante la tertulia literaria organizada por Casa Mediterráneo en la Librería 80 Mundos – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Tras la caída de la URSS, ¿ha subsistido en Bulgaria ese sentimiento de afinidad hacia Rusia? Otros países del Este muestran una animadversión evidente hacia Moscú.

Es muy importante ese matiz porque, por ejemplo, en los países  bálticos y en Polonia sí que hay una animadversión clara hacia Rusia que no existe en Bulgaria. Para su estabilidad, este país mira a Bruselas y Occidente, el modelo político de Moscú no les resulta atractivo, pero eso no quiere decir que no tengan afinidad personal con los rusos, sino que se sienten un pueblo hermano, son ortodoxos, eslavos, utilizan el alfabeto cirílico, tienen idiomas parecidos. Y luego, para el búlgaro medio Rusia es dos cosas: les liberaron de los turcos y durante toda la época del comunismo el vínculo fue muy potente, lo que hizo que mucha gente estudiara en Moscú, hubiera matrimonios mixtos.. y esos vínculos de alguna manera perduran.

En el libro me ha llamado la atención descubrir que en Bulgaria son muy populares algunas series de televisión españolas y ciertos equipos de fútbol, ¿ese tipo de interés y conocimiento es recíproco?

No, es muy desequilibrado. Ellos saben de nosotros muchísimo y nosotros no sabemos casi nada de ellos. Quizás se deba a que España es un país más grande y porque hay del orden de 350.000 búlgaros en nuestro país, pero llegó a haber medio millón. El búlgaro medio tiene un familiar o un amigo en España, o ha venido de vacaciones, muchos aprenden español, mientras que el español medio ni ha visitado Bulgaria, ni conoce búlgaros, ni por supuesto el idioma. Desde la alta cultura yo conozco a más búlgaros que han leído a Pío Baroja o Camilo José Cela que a españoles que lo hayan hecho, y en la cultura popular, Stoichkov, que es el héroe futbolístico nacional, hizo carrera en España, y las series tipo ‘Aquí no hay quien viva’ se las beben.

¿Cuándo comenzó ese gran flujo de migración?

Con la caída del comunismo se fueron algunos, pero el siguiente gran flujo se produjo con el ingreso de Bulgaria en la Unión Europea en 2007, lo que les permitió transitar libremente por toda la UE y ahí se fue prácticamente un millón de personas. En los últimos treinta años Bulgaria ha perdido casi un tercio de su población, lo que tiene un impacto muy potente en muchos ámbitos.

Algo que menciona en su libro es que los búlgaros se integran en España de una manera asombrosa, aprenden el idioma rápidamente y empiezan a trabajar, no como otras comunidades que se encierran en sus guetos y no se comunican con el resto.

Cada vez que me refiero a este asunto y doy la cifra de 350.000 búlgaros residentes en España la gente se sorprende, porque no los vemos. Y la causa de que no los veamos es que a los pocos meses de estar en España hablan nuestro idioma perfectamente y trabajan en todos los sectores, inicialmente en los menos cualificados, pero ahora en cualquier ámbito. Por cierto, en la Comunidad Valenciana hay muchos.

Cítenos algunas de las costumbres que más le llamaron más la atención de Bulgaria, como el hecho de que cuando se aproxima la primavera los árboles se llenan de pulseras.

Ésa es una bonita y antiquísima tradición, incluso precristiana. El invierno allí es durísimo, muy frío, de manera que tienen muchos motivos para celebrar la primavera. El 1 de marzo celebran la festividad de “Baba Marta”, algo así como la abuela marzo (juego de palabras con el nombre del mes, que en búlgaro se dice “mart”) a quien le hacen votos para que la primavera llegue pronto. La gente lleva puestas unas pulseras y cuando ve el primer síntoma de la primavera, ya sea el primer brote verde o el vuelo de una cigüeña, las cuelgan en los árboles o en el lugar preciso de ese indicio.

Sofía alberga unos importantes estudios cinematográficos donde se ruedan desde superproducciones de Hollywood hasta películas de autor. ¿Conocía esta faceta de la ciudad antes de ir destinado allí?

No lo sabía en absoluto, me pilló por sorpresa y de hecho cuento en el libro que parte de esas películas son cintas de acción, grandes producciones de Hollywood. Nada más llegar allí me encuentro un coche volcado dentro de un canal. Pensé que se trataba de un accidente pero me sorprendía que nadie llamara a los servidos de emergencias, luego descubrí que se trataba de una película y me empecé a habituar a situaciones como que de camino a casa hubiera explosiones y tiroteos. Pero a veces pienso que un día va a pasar algo gordo de verdad y yo voy a estar tan tranquilo (risas).

Después de viajar por las repúblicas ex yugoslavas, ¿cree que estos jóvenes países han superado los efectos de las guerras balcánicas? 

En apariencia sí. Si uno camina por cualquiera de las capitales, incluida Belgrado, que ha sido la más bombardeada recientemente, el paseo es agradabilísimo, una ciudad comercial, donde la gente pasea, los bares están abiertos, las empresas funcionan… no hay muchas heridas visibles aparentes. De hecho, en Belgrado sólo hay dos edificios que están aún bombardeados y es porque se han dejado así deliberadamente para que se vean los restos. En apariencia no hay cicatrices de la guerra, pero sí está en la memoria colectiva constantemente y también hay una continua nostalgia del período yugoslavo. Incluso se han inventado un palabro que es la “yugonostalgia”. De alguna manera se trata de una idealización del pasado. Muchas veces lo que se echa de menos es la propia juventud y la memoria es selectiva. La Federación Yugoslava era un proyecto muy ilusionante, pero a la vez no dejaba de ser una dictadura, en la que las libertades estaban limitadas.

Este libro se enmarca en el género de literatura de viajes, de hecho ha recibido elogios de escritores tan notables como Javier Reverte. ¿Cómo se decidió a dar el salto a la literatura? 

La literatura de viajes como género de no ficción bebe de dos ingredientes: lo que recorres y lo que lees. Y a mí, como diplomático y como lector, me resultaba muy fácil entreverar esos dos ingredientes. Me gustaba mucho leer novelas y ensayos ambientados en los países donde iba a viajar o estaba destinado y a la vez me apasionaba viajar. Entiendo que la literatura de viajes es como un recorrido, o así debe percibirlo el lector, donde un paso lo doy yo y otro lo dan mis lecturas. Trato de acompañar al lector en mi viaje y a través de la información que he ido absorbiendo a través de mis lecturas.

Su primer libro fue ‘Cosas que no caben en una maleta. Vivencias de un diplomático novato en el Congo’. ¿Cómo fue su experiencia en este país africano?

Por un lado, durísima, porque es el segundo país más pobre del mundo y uno de los más violentos. En mi experiencia personal viví un golpe de Estado en mi calle con 17 muertos, tuve que ir a la selva al rescate de un español secuestrado… Es un lugar muy duro y, sin embargo, era mi primera experiencia profesional como diplomático, hice muy buenos amigos y, como en otras ocasiones vitales, cuando el ambiente es más exigente uno acaba teniendo una experiencia más rica. A veces sueno frívolo cuando digo que lo pasé muy bien en el Congo, pero lo cierto es que para mí fue una experiencia muy bonita.

¿Tiene en mente escribir un tercer libro?

Lo tengo, pero soy muy lento escribiendo, de modo que está en una fase muy inicial. Tardé tres años en escribir mi primer libro y el segundo otros tres. Así que se puede figurar cuánto me puede llevar escribir éste. Mi idea es hacer un alto en la literatura de no ficción y pasar a la novela.