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Fernando Marías: “Cuanto más oscuro es un personaje más fascinación sentimos por él”

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Fernando Marías - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Fernando Marías (Bilbao, 1958) es un escritor de una exquisita sensibilidad y calidad literaria, lo que le ha aportado una fuerte conexión con los lectores y el aplauso de la crítica. Ello le ha valido importantes galardones, como el Premio Nadal en 2001 por ‘El niño de los coroneles’, el Premio Primavera 2010 por ‘Todo el amor y casi toda la muerte’ y el Premio Biblioteca Breve 2015 por ‘La isla del padre’. Esta última novela aborda la pérdida del protegonitor, en este caso un marino cuya vida le hizo estar ausente largas temporadas, al que rinde un conmovedor homenaje que, curiosamente, supone un canto a la vida.

Fascinado desde su infancia por el teatro y el cine, Fernando Marías se trasladó en 1975 a Madrid para estudiar Imagen. Su primera novela, ‘La luz prodigiosa’ (1990), ganó el Premio Ciudad de Barbastro. En 2001, con ‘El niño de los coroneles’ obtuvo el Premio Nadal, que le dio un enorme impulso a su carrera literaria. Junto a Juan Bas escribió la serie de culto ‘Páginas ocultas de la historia’ y los guiones de las películas ‘El segundo nombre’ (Paco Plaza 2001) y ‘La luz prodigiosa’ (Miguel Hermoso, 2003), ésta en base a su propia novela. También es autor de libros infantiles y juveniles, así como de varias obras colectivas. Además, ha fundado la plataforma cultural y compañía teatral ‘Hijos de Mary Shelley’.

Marías participó en un encuentro el pasado 22 de marzo en Casa Mediterráneo, dentro del ciclo ‘Escritores y el Mediterráneo’, donde mantuvo un emocionante diálogo con la editora Marina Vicente, y concedió una entrevista a esta publicación.

Escribir ‘La isla del padre’, ¿en cierto modo ha sido para usted un ejercicio terapéutico?

Ha sido una salvación. Fue un sentimiento ineludible. Cuando mi padre enfermó supe que iba a escribir el libro, cosa que jamás se me había pasado antes por la cabeza: plantearme una novela que fuera, al menos, semi-autobiográfica. Y cuando a mi padre le operaron a vida o muerte, lo supe, fue como una revelación. No pude escribirlo hasta que él murió, cuatro años después de serle diagnosticada su enfermedad.

Y luego, cuando me puse a desarrollarlo en mi casa natal de Bilbao, algo de lo que han pasado cinco años, pienso que difícilmente volveré a ser tan feliz como fui escribiendo este libro en el hogar, ya vacío por completo, del que yo era el último habitante. Ahí estaban todos mis recuerdos, de niño, de joven, de adolescente, de adulto… Esa sensación de un verano suave en Bilbao, con la casa para mí, centrado exclusivamente en escribir… en un momento determinado a esa vivencia se sumó mi padre. No lo digo en el sentido religioso, ni tuve visiones, sino que tenía la percepción de que yo le hablaba y le contaba qué escena estaba escribiendo, y como desayuné con él tantas veces en aquella cocina, sentí que aparecía cuando estaba desayunando a solas. La sensación que tuve de que él estaba cuando escribía este libro fue muy especial. He situado y colocado perfectamente la relación con mi padre por hacer este libro.

Para escribirlo tuvo que tirar de sus propios recuerdos, de testimonios de familiares, de archivos, de su diario de a bordo… En todo este proceso de investigación, supongo que habrá descubierto facetas de su padre que desconocía y tendrá ahora una imagen más global de él.

Eso es curioso. Mi padre era un hombre silencioso y peculiar, y además muchos años de mi vida estuvo fuera, por su trabajo. Entonces, cuando una persona muere te planteas, desde la edad adulta: ¿Cómo era mi padre? ¿Cómo era su vida? Realmente no llegué a saberlo nunca. Siempre lo he asociado con una especie de aventurero solitario, que iba por el mundo, regresaba a casa y luego se volvía a marchar a Nueva York, a Irak… Y las cosas que he descubierto, como en ese diario de a bordo que encontró mi hermana y que yo no sabía que existía, me sirvieron mucho para ubicarlo, para establecer una especie de mapa del recorrido que había hecho en los últimos cuarenta años.

De pronto, resulta terriblemente rico cuando echas la mirada sobre alguien tan importante como tu padre, del que tienes una visión difusa, y ves en ese escrito: El 14 de marzo de 1973 estaba en Nueva Orleans. Es algo muy curioso, porque de repente lo asociaba a los días de mi vida, dándome cuenta, por ejemplo, de que cuando cumplí quince años él estaba en Buenos Aires. Eso me hizo un mapa paralelo muy curioso.

Yo creo que, en realidad, nadie conoce a nadie al cien por cien, ni hondamente. Y considero que lo que se ha atado es la sensación de que era un hombre apacible, sereno, bueno… y que las oscuridades que imagino que tendría, como todo el mundo, no afectaron nada ni a mi vida, ni a mi bienestar, ni a mi buena relación con él. Lo que me gustaría es poder hacer un milagro. Que volviera a la vida veinticuatro horas para decirle: Lee el libro durante cuatro horas y las otras veinte vamos a hablar; ya que es imposible saber por qué tomó una decisión u otra en ciertos momentos de su vida.

Fernando Marías: "Cuanto más oscuro es un personaje más fascinación sentimos por él" en LITERATURA
Fernando Marías junto a Marina Vicente en el encuentro celebrado en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

En la novela imagino que habrá un componente de fantasía para cubrir esos vacíos informativos que no se pueden conocer de ninguna manera…

Claro, enigmas que no se pueden saber y que, de alguna manera, siguen alimentando el mito. Todos sabemos, por la literatura, el cine y toda forma de creación, que cuanto más oscuro es un personaje más fascinación sentimos por él. Entonces creo que saberlo absolutamente todo sobre una persona no es conveniente. La relación que tuve con mi padre fue la que me pareció interesante contar, porque descubrí que era feliz recordando la primera vez que fui al cine con él, las aventuras mínimas que me pasaron, como la vez en la que me colé en una proyección para mayores… Siempre tuve la sensación de que era un libro que hice por necesidad vital y me iba a encontrar con que no obtendría respuesta de los lectores, porque me parecía una historia muy personal.

Sin embargo, la reacción con los lectores ha sido que muchos de ellos le han comentado que se han sentido identificados con gran cantidad de sentimientos expresados en la novela.

Al final, resulta que todos nos creemos individuales, excepcionales y maravillosos, y a lo mejor lo somos en algún aspecto, pero hay determinadas cosas en las que los seres humanos somos iguales, como el dolor, la angustia, la incertidumbre, la soledad, la muerte del padre, la muerte de la madre… Son tan universales que a mí me sorprendió, por ejemplo, que cuando empecé a presentar el libro venían muchos hijos de marinos y me decían: Lo que cuentas es exactamente lo mismo que sentía yo y no me había atrevido a decir nunca. Yo de niño, de hecho, no quería que mi padre apareciera en casa, porque tenía mi vida montada con mi madre y mi abuela, hacía todo lo que quería, y este personaje venía a trastocarlo todo y a quitarme poder. Y muchos hijos de marinos me han dicho que esa sensación era tremenda porque te decían que lo tenías que querer y tú querías que se fuera. Luego, por suerte, se va estableciendo una relación en la que descubres otro tipo de atracción por el personaje, alguien que viaja por el mundo, que ha vivido aventuras y que es un enigma permanente.

Además, hablaba poco, pero cuando lo hacía era muy contundente y se expresaba con mucha claridad. Él me decía que eso se debía al hecho de navegar: “No os podéis imaginar, los que vivís en tierra, lo se supone atravesar en barco el océano, con una tripulación mínima. Me pasaba muchas tardes, cuando no me tocaba estar de turno, en la cubierta mirando el mar como si fuera una carretera atravesando el desierto, un día, tras otro”. Todo eso moldea la forma de ser. Te haces más lector, te inventas entretenimientos absurdos, como comprarte una armónica, tienes que hacer algo. Por eso, según él, hay tantos marinos que escriben, porque es una manera de sentarte en el camarote y hacer algo que te entretenga.

Hay una frase muy evocadora en la novela que dice: “Las casas son barcos y las novelas, mares”. ¿Su casa favoreció que su vida navegara por el mar de la literatura?

Mi casa, en el sentido de quienes la habitaban. Mi madre era muy lectora y contadora de películas, al igual que mi padre. Yo recuerdo a los dos leyendo. Mi padre más libros de historia; y mi madre, poesía, novelas… Eso es muy determinante. Probablemente tenemos una vocación dentro de nosotros, pero si además la casa en la que vives lo promociona… Creo que sí, que pude percibir en el horizonte de mi vida la idea, más bien de cine, y como mis padres hablaban tanto de películas y veían que la pasión que yo tenía por el cine era feroz, en un momento surgió la posibilidad de que a lo mejor me podría dedicar a esto.

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El cine ha jugado un papel muy destacado en su vida. De hecho, se fue a Madrid a estudiar Imagen en la Facultad de Ciencias de la Información. 

Pasé de una ciudad de provincias en un colegio de curas a vivir en Madrid, donde todos mis compañeros de facultad eran cinéfilos, lo que supuso un paraíso para mí.

Una de sus novelas ha sido adaptada al cine (‘La luz prodigiosa’), con su propio guión y la dirección de Miguel Hermoso en 2003, y otra (‘Invasor’) se ha llevado a la gran pantalla, bajo la dirección de Daniel Calparsoro en 2005. ¿Qué sensación le produce ver con vida a sus personajes?

Es maravilloso. He hecho tres películas: una como guionista sobre la obra de otro escritor, una sobre una novela mía y otra, de la que no hice el guión, pero que tuve la satisfacción de saber que el productor compró los derechos de mi novela y luego tres años después fui a una sala y vi la película. Es una sensación fascinante: Has creado una historia, has imaginado unos personajes, has puesto unos rostros, ha concebido unas escenas y de pronto ves la mirada, lógicamente, de otra persona sobre esa cuestión. Yo lo repetiría cada año. Hay novelistas a los que no les gusta cómo se han adaptado sus obras. Yo creo que si vendes los derechos sabes que estás cediendo tu historia a otro creador que va a hacer una cosa completamente distinta. A mí siempre me parece bienvenido, y aunque no me guste, creo que la aventura merece la pena.

Por último, le quería preguntar por la plataforma que ha creado, ‘Hijos de Mary Shelley’. ¿En qué consiste?

Es un invento que proviene de la reunión de Villa Diodati en 1816, cuando Mary Shelley imaginó Frankenstein. Una vez pensé que sería interesante reunir a una serie de escritores para que contaran al público historias de terror, al igual que se hizo esa noche tan famosa. Esa idea empezó a prender en 2011, pero fue creciendo, encontró un patrocinio adecuado y al final editamos seis libros, luego hubo un colofón en el 200 aniversario de la publicación de la novela. Realmente ‘Frankenstein’ y la figura de Mary Shelley son tan inspiradores que es algo que siempre me apeteció empezar y al final se ha convertido en un grupo que ha hecho música, cine, una compañía teatral que estrenamos en el Centro Dramático Nacional, dirigida por Vanessa Montfort… a raíz de una serie de monólogos.

La vertiente que seguiré apunta a exposiciones, una agencia de turismo cultural que se llama ‘Diodati se mueve’, dedicada a organizar actos culturales en lugares especiales… Se ha convertido en una plataforma inspiradora. En 2016 hice el último libro y pensé que concluiría, pero no me fue posible. Cuando llegó el bicentenario tuve que seguir. Para mí es lo que cierra el ciclo, creo que es una celebración de la novela, muy completa, con cincuenta artistas creando sus historias. Ha sido una aventura extraordinaria que me sigue demostrando que la capacidad de Mary Shelley para generar creatividad en otros es inagotable.