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Paloma Sánchez-Garnica: “La historia con minúsculas se encuentra en la literatura, ésa es la grandeza de la ficción”

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Paloma Sánchez-Garnica - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo
Paloma Sánchez-Garnica es una escritora de raza, de ésas que necesitan apasionarse con las historias que brotan de su fértil imaginación para involucrarse en un nuevo proyecto literario. Su última obra, ‘La sospecha de Sofía’ (Planeta, 2019), sigue esa premisa. Se trata de una novela que aúna historia, intriga y espionaje, que cuenta los avatares de unos personajes condicionados por las circunstancias que les han tocado vivir en el convulso período de la Guerra Fría, abordando con maestría temas tan universales como la libertad, la igualdad, la situación de la mujer, los miedos que merman las relaciones de pareja, las dictaduras,… Para ello, la novela nos traslada a tres ciudades muy distintas entre sí, el Madrid de los últimos años de la dictadura franquista, el París efervescente de Mayo del 68 y el Berlín dividido por el Muro.

La autora teje una trama trepidante sobre una sólida base de documentación histórica, extraída de ingentes horas de lecturas, entrevistas personales y visitas a los escenarios que recrea con todo lujo de detalles en sus páginas. Quizás ése sea el secreto del éxito de ‘La sospecha de Sofía’, que ya va por su décima edición y que va a convertirse en película. La novela, además, cuenta con música propia, una banda sonora muy acorde con la historia, compuesta por uno de los hijos de la escritora, Javier de Jorge Sánchez-Garnica, que puede escucharse como acompañamiento de la lectura.

Paloma Sánchez-Garnica es licenciada en Derecho y Geografía e Historia. Su incursión en el mundo de la literatura fue con ‘El gran arcano’ (2006), a la que siguieron ‘La brisa de Oriente’ (2009) y ‘El alma de las piedras‘ (2010), que obtuvo una gran acogida entre los lectores. ‘Las tres heridas’ (2012) y ‘La sonata del silencio’, de la que se hizo una adaptación para una serie de televisión, supusieron su consagración entre la crítica y el público. Con ‘Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido’, que fue traducida a todos los países de habla anglosajona, obtuvo el Premio de Novela Fernando Lara 2016.

La autora participó el pasado 22 de enero en el ciclo ‘Escritores y el Mediterráneo’ en la sede de Casa Mediterráneo, donde acaba de incorporarse a la Red de Escritoras de la institución, en un encuentro moderado por Marina Vicente. Justo antes del evento, Sánchez-Garnica nos explicó los pormenores de su última novela, sin eludir cuestiones personales, derrochando cultura y una profunda humanidad.

‘La sospecha de Sofía’ cuenta una historia que nos lleva a tres ciudades completamente distintas, Madrid, París y Berlín, en una época que arranca a finales de los años 60. ¿Cómo se documentó para escribir esta novela?

La documentación básica fue la lectura. Todo lo que hay traducido que cayó en mis manos -ya que no tengo la fortuna de hablar alemán-, novelas, ensayos… me lo leí. También me documenté mucho con películas como ‘La vida de los otros’, que es fundamental, una obra maestra. Pero también con otras como ‘Good Bye, Lenin!’, que aunque tiene una vis cómica, su trasfondo es absolutamente trágico, por el terrible impacto de ese Muro en la sociedad. También me sirvieron mucho para documentarme ’Bárbara’ o ‘Dreamers’, de Bertolucci, sobre Mayo del 68 en París.

Y luego hay experiencias personales que se quedan en ti y se mantienen en el tiempo. Yo tuve la fortuna histórica de decidir, cuarenta días antes de la caída del Muro de Berlín, ir allí en coche. Junto a mi marido fui hasta la frontera de la RDA, la atravesé, llegué al Berlín Occidental, el que estaba rodeado por el Muro. Dejé el coche en ese Berlín lleno de color, de luz, de vida, de libertad… Aunque aquí en España empezaba a haberla, aquello era brutal para una chica como yo, que tenía 27 años. Cogí el tren, siguiendo el mismo recorrido que hacen dos de mis personajes, en la Estación del Zoo; ese tren que te llevaba en una sola parada hasta Friedrichstrasse, y pasé al otro lado del Muro, al Berlín Este.

De esa ciudad colorida, vital, con coches, con gente en la calle, pasé a otra totalmente detenida en el tiempo, gris, monocolor, con muy pocos coches y prácticamente todos iguales, con muchos escaparates llenos de polvo, porque no había nada tras ellos. Estuvimos unas horas allí y nos resultó complicado gastarnos los 4.000 marcos que nos obligaron a cambiar -dejaban pasar al turismo, claro, porque suponía divisas-. Todo eso se me quedó grabado. A pesar de que ya había algunos movimientos extraños, sobre todo desde agosto de ese año 89, cuando se empezaban a abrir las fronteras de otros países como Hungría, en la RDA todavía estaba muy arraigada la idea de que ese Muro podría durar otros cien años más.

De hecho, en el Berlín Occidental, donde podías tocar el Muro -en la parte oriental no, porque había una zona de seguridad de más de 100 metros que si intentabas atravesarla podía suponerte la muerte-, al lado de la Puerta de Brandenburgo me dijo mi marido: “¿Te das cuenta de que esto lo verán caer nuestros hijos?”. En aquel entonces, uno de mis hijos tenía cuatro años y el otro siete. Esto ocurrió el 18 de septiembre de 1989 y el 9 de noviembre cayó el muro. A partir de ahí, para mí Berlín se ha quedado como una ciudad a seguir, de la que siempre he estado pendiente de sus evoluciones. Volví a los diez años, en 2012 y he regresado de nuevo para transitar por todos estos escenarios. Y ésa es la base de la inspiración de esta novela.

Esas experiencias personales le habrán servido especialmente para dotar de realismo a las escenas que transcurren en el Berlín dividido…

Sí, mucho. Menos mal que un amigo alemán de mi padre nos explicó lo que iba a pasar, porque a pesar de estar a cuarenta días de la caída del Muro, la sensación de agobio, de angustia, de congoja, fue brutal. Nos explicó: “En el paso os meterán en una especie de caseta, cerrarán las puertas por ambos lados, os quedaréis solos en un pasillo estrecho con el policía, separados de él por una cristalera. Son muy fríos, os van a observar durante dos o tres minutos, hay espejos arriba, es muy agobiante pero estad tranquilos y no tratéis de hablar en inglés porque no lo entienden, ni hacen por entenderlo”.

Tuvimos la suerte de que mi marido y yo teníamos un pasaporte conjunto y pasamos a ese pasillo a la vez. La experiencia fue tremenda y me ha servido, en esta novela, para recrear unas sensaciones que creo que están muy logradas porque las he vivido.

La música está muy presente en la novela. No sólo porque el libro menciona canciones como ‘Libertad’ de Nino Bravo, que rinde homenaje al primer joven asesinado al tratar de saltar el Muro de Berlín, sino también porque tiene banda sonora propia. ¿Qué acogida ha tenido este extra entre los lectores?

Muy buena. Mi hijo lo sabe mejor que yo, porque está en Youtube, Spotify, I-tunes… donde la gente le pone comentarios. En esto, la relación materno-filial fue fundamental, porque él no sabía de qué iba la historia. Yo no la suelto hasta que la tengo bien amarrada. El primer lector es Manolo, que va leyendo todo lo que voy escribiendo, pero no le cuento nada a nadie, me da mucho pudor. No quiero que se sepa, por si acaso se me deshace, para no tener que dar explicaciones. Mi hijo se compró un teclado hace ahora tres años. Él sabía lo que me había costado encontrar esta historia y cuando por fin le comuniqué que la tenía, me dijo: “Te voy a componer una banda sonora”. Yo le daba sólo algunos detalles, él me volcaba lo que iba haciendo y ha dado en el clavo. Es una música que constituye el espíritu de la historia, encaja perfectamente.

Manolo y mi hijo mayor son la parte práctica de la familia, los relaciones públicas; mientras que Javier y yo creo que somos la parte más creativa. Javier no tenía ni idea de tocar el piano; es totalmente autodidacta. Se compró el teclado porque es un diletante de la música.

En el libro se refleja la situación de inferioridad a la que estaba sometida la mujer en la España previa a la Transición. La presión social y familiar empujaba a la mayoría a quedarse en casa al cuidado de marido e hijos, resignándose a renunciar a sus ambiciones profesionales. Las novelas de intriga y espionaje tienen la capacidad de ahondar en la condición humana y hacer un fresco social de la época. Es la primera vez que utiliza este género, ¿por qué lo escogió?

No te puedo explicar por qué. Las historias no las elijo, me eligen. Los personajes se imponen. Empiezo a escribir y no sigo un esquema. Más o menos tengo la idea de por dónde quiero ir. Tenía la idea de Berlín. También me apetecía indagar en la época de finales de los 60 y principios de los 70, esos últimos años del Franquismo, porque yo escribo para aprender y fue un periodo que viví desde el punto de vista de una niña pre-adolescente. Cuando murió Franco tenía 13 años y lo único que recuerdo es que me alegré porque me quedé dos días sin colegio. En ese primer estadio de mi vida, la sociedad era todavía muy machista, un machismo que se mantuvo en los años 80, 90 y prácticamente 2000. Es a partir del siglo XXI cuando se han empezado a romper moldes.

Murió Franco y al día siguiente no nos levantamos todos despojados del machismo y muy demócratas. No, no, no. La sociedad siguió con los mismos mecanismos, con las mismas conductas, las leyes fueron cayendo muy poco a poco y fue cambiando la legislación, pero no la mentalidad. Me apetecía entender esa época en la que viví, esa evolución -la historia llega prácticamente hasta 1990- e indagar a través de esos personajes cómo fue transformándose la sociedad de aquella España. También quería entender mejor el sistema de la República Democrática Alemana y el Mayo del 68. Los franceses son muy chovinistas y se adornan mucho, y me interesaba comprender qué fue realmente lo que pasó. Nos han contado que fueron el ombligo del mundo, parece que fue lo único que ocurrió en 1968, cuando en realidad sucedieron muchísimas cosas, incluso más trascendentales que Mayo del 68 en París.

En el ámbito de la mujer todos sabemos cómo estábamos las españolas, pero investigando me di cuenta de que Francia era muy contradictoria. Por una parte, era muy revolucionaria, pero por otra, muy patriarcal, muy jerarquizada y muy machista. En las protestas intervenían las mujeres, pero eran minoritarias; la mayoría eran chicos. Los que tomaban la palabra en las asambleas siempre eran ellos, nunca ellas, porque tenían asimilado que lo público pertenecía a los hombres. Las mujeres estaban para hacer los bocadillos, las fotocopias, las pancartas… Ellos eran los que volcaban las protestas al público. Además, las demandas se quisieron capitalizar por la izquierda, sobre todo por el comunismo, y se priorizó la lucha de clases -los trabajadores fueron los que consiguieron las mejoras laborales, pero los universitarios, nada- frente a la lucha de sexos y eso frustró mucho a las mujeres. A diferencia de aquí, en Francia tenían un feminismo latente, contaban con Simone de Beauvoire y ‘El segundo sexo’ desde el 49. A partir de Mayo del 68, sí que es verdad que el feminismo y las leyes igualitarias a favor de la mujer empezaron a fluir muchísimo más rápido que después aquí.

En España, Franco murió el 20 de noviembre de 1975 y no se despenalizó el adulterio hasta el 77, el divorcio no llegó hasta el 81, la mujer no pudo denunciar a su marido por violación hasta el 95… Y si nos vamos a la República Democrática Alemana, efectivamente, había igualdad; de hecho era un ejemplo de equidad y de integración laboral de las mujeres. Todas tenían los mismos derechos en cuanto a la educación, había guarderías gratuitas prácticamente en todas las empresas para que la maternidad no fuera un lastre…, pero detrás de ese lema de igualdad había una sobrecarga de trabajo, sobre todo para las mujeres casadas.

En esa panacea de conciliación familiar y laboral que establecía la RDA, se escondía una distribución de los roles tradicionales que suponía que cuando la mujer terminaba su jornada laboral: ¿Quién hacía la cena?, ¿quién limpiaba la casa?, ¿quién atendía a los niños? Ellas. Y los hombres, cuando volvían del trabajo se iban a reuniones del partido, a arreglar el mundo o a tomarse una cerveza al bar de abajo. No se encargaban de las tareas domésticas, pero la “igualdad” existía. ¿Qué es preferible? ¿La igualdad, que existía en esa dictadura de corte comunista? ¿O la libertad?

Paloma Sánchez-Garnica: “La historia con minúsculas se encuentra en la literatura, ésa es la grandeza de la ficción” en DESTACADOS LITERATURA
Marina Vicente junto a Paloma Sánchez-Garnica – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

La historia transcurre a lo largo de dos décadas (desde 1968 hasta 1989), una época clave en el devenir mundial. Las novelas históricas, además cumplir una función de entretenimiento, aportan una lección de historia que los libros académicos no son capaces de transmitir.

Ésa es la la grandeza de la literatura. Si quieres entender cómo vivían en Madrid a finales del siglo XIX lee la obra de Benito Pérez Galdós, ahora que estamos celebrando su año [en 2020 se conmemora el centenario de su muerte]. Te vas a enterar de las costumbres que tenían para comer, para vestirse, para moverse por Madrid, cómo hablaban, qué sentimientos tenían, cómo los gestionaban… Porque al final, el ser humano en todos los momentos de la historia tenemos los mismos sentimientos, los mismos deseos y anhelos, todos queremos ser felices, buscar nuestro lugar en el mundo, que nos quieran, tenemos miedo al dolor, a la pérdida, a la traición,… Pero cómo gestionamos esos sentimientos depende de nuestro entorno social, de la época y del lugar en el que vivamos y de las leyes que se nos impongan en ese momento.

No es lo mismo nuestra situación, al llevar prácticamente toda la vida viviendo en democracia, que la de nuestros padres. Los míos, por ejemplo, vivieron, aparte de una guerra civil cuando eran muy niños, una dictadura durante cuarenta años, en la que su vida estaba gestionada por las leyes del régimen y por la Iglesia, básicamente. Y tuvieron que andar ese camino condicionados, sobre todo las mujeres, a una forma de vida que yo no he tenido. La literatura te da esa posibilidad. Por eso yo para documentarme no sólo leo ensayos, sino también, sobre todo, novelas escritas, si puede ser, por autores de la época y sobre hechos que acontezcan en su tiempo. Ahí se cuenta la intrahistoria, la historia con minúsculas, de la gente normal como nosotros, que no tiene una vida objeto de titulares de periódico, ni de estudio por parte de los historiadores… Eso se encuentra en la literatura; es la grandeza de la ficción.

Ha afirmado que ésta es una novela especialmente significativa para usted, ¿por qué motivos?

Primero, porque me costó muchísimo encontrar la historia. Llegó un momento en el que pensaba que no iba a ser capaz de seguir escribiendo. Estuve meses y meses buscándola. Me impuse la frase: “No me voy a rendir”. Sólo Manolo sabe por lo que pasé. Una desazón, una angustia, una montaña rusa impresionantes. Segundo, por la banda sonora realizada por mi hijo.

Y tercero, por algo que me ocurrió al poco tiempo de empezarla, el 5 de febrero de 2018. Fíjate cómo es esa magia que tiene la literatura, ese misterio que es escribir. Después de estar buscando tanto la historia, ese día escribí trece páginas y al día siguiente le envié un correo a mi editora -a quien un año antes le había dicho: “Puri, no me preguntes nada porque estoy muy perdida”- en el que le decía: “¡Tengo historia, por fin tengo historia!”. El 19 de febrero entré en una consulta médica y me anunciaron que tenía un tumor. Pequeñito, hormonodependiente, pero claro la bofetada con la mano abierta fue brutal. El protocolo es inamovible: en un mes me lo tenían que quitar y me operaron el 20 de marzo. Pero, a pesar de todo, lo asimilé rápido. Tengo un compañero que, además de ser el amor de mi vida, es un tipo muy optimista. Al día siguiente estábamos ambos frente al mar, llorando, me miró y me dijo: “Vamos a poder con esto”. Y pudimos.

Mamografías, analíticas, la operación, cinco sesiones de radio… con todo lo que me estaba pasando yo seguía escribiendo, cien páginas al mes. Me salvaron estos personajes. Era tal el chute de energía y de optimismo que tenía con la historia, que ésta ha sido la novela que más rápido he escrito. El 15 de julio de ese mismo año la terminé.

Esa experiencia la he ido asimilando poco a poco. Tengo una amiga que me ha dicho muchas veces: “Paloma, lo tienes que contar, porque puedes ayudar a mucha gente”. Pero tenía que estar preparada. El pasado día 15 fui a la segunda revisión del oncólogo, un tipo muy cercano, genial. Estaba mirando las analíticas y, aunque me sentía bien siempre necesitas que te lo confirmen, le pregunté cómo me veía y me respondió: “Estás estupenda”. Me puse a llorar de emoción. Lo dije en Instagram: Esa bofetada me sirvió para resetear muchas cosas en mi vida.