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José María Merino: “La realidad no necesita ser verosímil, la literatura sí”

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José María Merino - @ María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo
La realidad con frecuencia suele superar a la ficción. Así lo cree José María Merino, uno de los principales exponentes de la narrativa española contemporánea. Quién le iba a decir al reconocido escritor cuando era niño que la afición de su padre por la literatura, un abogado que gastaba buena parte de su sueldo en libros, iba a convertirse en una herencia decisiva para su futuro. Merino, nacido en Galicia, pero de procedencia paterna leonesa, desde pequeño sintió una irresistible atracción por las novelas, los diccionarios y las enciclopedias que albergaba la biblioteca familiar.

Después de pasar su niñez y adolescencia en León -donde sería nombrado Hijo Adoptivo- se fue a estudiar Derecho a Madrid. Comenzó su vida laboral en el Ministerio de Cultura y trabajó en proyectos de la UNESCO en Hispanoamérica, donde sintió fascinación por el color y la riqueza de la lengua. Sus primeros pasos en el mundo literario los dio con la poesía, en concreto con el poemario ‘Sitio de Tarifa’, publicado en 1972, al que siguieron ‘Cumpleaños lejos de casa’ (1975), ‘Parnasillo provincial de poetas apócrifos’ (1988) en colaboración con Agustín Delgado y Luis Mateo Díez, ‘Mírame medusa y otros poemas’ (1984) y ‘Cumpleaños lejos de casa. Obra poética completa’ (2006).

No obstante, pese a sus inicios poéticos, José María Merino dio un giro natural hacia la narrativa -ya que como él mismo afirma su poesía cuenta historias-, campo en el que es un prolífico autor de novelas, obras infantiles y juveniles, cuentos, microrrelatos, ensayos, antologías y adaptaciones de textos ajenos.

‘Novela de Andrés Choz’ (1976) constituyó su estreno en la prosa, con el que obtuvo el Premio Novelas y Cuentos. Luego, entre otros, vendrían ‘El caldero de oro’ (1981); ‘La orilla oscura’ (1986), Premio Nacional de la Crítica; ‘Las visiones de Lucrecia’ (1996), Premio Miguel Delibes; ‘El heredero’ (2003), Premio Ramón Gómez de la Serna; ‘El río del Edén’ (2012), con el que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa; o ‘Musa décima’ (2016), su última novela.

Los cuentos y los microrrelatos ocupan un lugar destacado en su creación literaria y junto a sus amigos, colegas y paisanos Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez ha rescatado, con notable éxito en medio mundo, el “filandón”, las reuniones nocturnas que se celebraban en los pueblos de montaña de León aislados por la nieve en los que se contaban historias mientras se hilaba o se realizaban otros menesteres.

Entre los relatos de Merino se encuentran ‘Cuentos del reino secreto’ (1982), ‘Cuentos del Barrio del Refugio’ (1994), ‘Las puertas de lo posible’ (2008), ‘El libro de las horas contadas’ (2011) o ‘Aventuras e invenciones del profesor Souto’ (2017). Merino también ha adaptado textos ajenos, entre los que se hallan ‘Historia verdadera de Jasón y los argonautas’ (2014) o ‘Calila y Dimna’ (2016), la primera obra narrativa publicada en español en el siglo XIII, una joya traducida por el autor al lenguaje contemporáneo para hacerla accesible a los lectores.

Desde 2008 es miembro de la Real Academia Española (RAE), donde ocupa el sillón “m”. Un capricho del destino que le ha llevado a dedicarse a una de sus pasiones desde niño: las palabras. José María Merino participó el pasado 25 de febrero en el ciclo ‘Escritores y el Mediterráneo’ organizado por la institución diplomática, donde hizo un recorrido por su trayectoria literaria, habló de la importancia de lo fantástico, la fascinación de la gente por que le cuenten historias y la vitalidad de la lengua española, en permanente ebullición.

Su amor por la literatura comenzó en su casa familiar, donde desde pequeño empezó a leer diccionarios y novelas…

Sí, mi padre era abogado y pensaba que el dinero que uno ganaba tenía que gastarlo en libros y tenía muchísimos. Yo he heredado muchos de ellos; también varios diccionarios y enciclopedias, que a mí me encantaban. Ahora con Google ya no necesitamos aquellas enciclopedias en papel, pero entonces ahí estaba el mundo. Incluso en casa cumplía una serie de papeles. Por ejemplo, la Noche de ánimas yo tenía que leer ‘El Monte de las Ánimas’ de Gustavo Adolfo Bécquer; a mi madre, que era gallega, tenía que leerle a Rosalía de Castro en versos gallegos. Estaba muy familiarizado con el libro y con la lectura.

José María Merino: "La realidad no necesita ser verosímil, la literatura sí" en DESTACADOS LITERATURA
Marina Vicente junto a José María Merino en Casa Mediterráneo – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

Su incursión en la escritura comenzó con la poesía. ¿Cuáles fueron sus referentes en este género?

Uno de ellos fue Bécquer, sin duda, y Rosalía, a quien le sigo teniendo mucho afecto. Y luego ya con el tiempo descubrí a Ángel González, a Walt Whitman, a Neruda, de quien me sabía muchos versos de memoria… toda una serie de poetas que leí en los años adolescentes. Todo ese mundo, esa mezcla de lo social, de lo intimista y lo amoroso me interesaba mucho.

Esa dedicación a la poesía, que requiere ciertas destrezas e inspiración, ¿le sirvió luego a la hora de dar el salto a la prosa?

Bueno, en realidad, no creo que sea un salto, sino un cambio de registro. Tal vez mi poesía era muy narrativa, ahora cuando la leo hay poemas que son como un cuento, contaban cosas. Decía Don Antonio Machado que la poesía era palabra en el tiempo y no estoy de acuerdo. Yo creo que la poesía es palabra sin tiempo, es una palabra que parece dicha para siempre, para que permanezca. Mi poesía era narrativa y pasé naturalmente al cuento y a la novela. Siempre digo que la poesía me abandonó, una frase de José Hierro que copio.

Tras adentrarse en el terreno de la narrativa, ¿ya no ha vuelto a escribir poesía?

No, he recogido mi poesía completa en Seix Barral. Pero mi pensamiento literario no es poético, es narrativo, es prosaico.

Junto a sus amigos y paisanos Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez pusieron en marcha el ciclo de relatos ‘El Filandón’, que les ha llevado a lugares de todo el mundo con muchísimo éxito.

Sí, a los lugares más increíbles. Bueno, recuperamos una tradición popular muy leonesa que era propia del invierno, de cuando ya estaban recogidas las cosechas, el ganado estabulado y todo lleno de nieve. Tengo fotos de pueblos totalmente cubiertos por la nieve. Se hacían caminos para comunicarse entre las cocinas del pueblo, que es donde se organizaban los filandones. Eran reuniones para contar cuentos, para recordar historias amorosas, de hambres, historias terribles, divertidas… Los tres habíamos empezado a escribir minicuentos, microrrelatos.

Juan Pedro Aparicio estaba de director del Instituto Cervantes en Londres y fue el que tuvo la idea de que hiciéramos un filandón, una lectura de minicuentos y una charla entre nosotros que no estuviera preparada. Y realmente quedó muy bien. A partir de ahí hemos hecho filandones en varias partes del mundo.

¿Cuál cree que es el secreto del éxito del filandón ante un público tan variado, de Cartagena de Indias, Nueva York, Berlín, Belgrado,…?

Y además, en muchas ocasiones, con traductores. Nosotros leemos primero en español, la gente se queda abobada y cuando se lo traducen le encanta. Creo que el secreto es que nos encanta que nos cuenten cosas. Eso está en nuestra naturaleza. Y en las veladas -yo todavía tengo en casa un viejo velador que compré a un amigo que vendía muebles antiguos-, la gente se sentaba en torno a esos veladores donde se ponían las velas para que le contasen cuentos. Al fin y al cabo ‘El Decamerón’ y una serie de libros lo que hacen es recuperar la narración de historias en público; es algo que nos gusta. Y si además de libros cortitos hay complicidad entre los lectores -y entre nosotros tres hay una vieja complicidad amistosa- a la gente le gusta.

Sus novelas son muy variadas. Aborda temas históricos, mitológicos, escenarios americanos… ¿Cómo afronta cada nueva novela?

Admiro mucho a los escritores que siempre cuentan un poco la misma novela, digamos que están en el mismo mundo. Una novela es un viaje de exploración y a mí me gusta entrar en un terreno que no conozco. Cuando descubrí América, que no fui el primero (bromea) -trabajé para la UNESCO unos años en Centroamérica y Panamá-, leí a los cronistas de Indias, etcétera, etcétera y pensé: “Voy a escribir una novela de aventuras”, luego resultaron tres.

El conocimiento de Lucrecia de León, una persona muy perseguida en el Siglo de Oro porque era una soñadora me llevó a escribir una novela sobre ella [‘Las visiones de Lucrecia’].

Cuando se acabó el siglo XX, la reflexión de lo que éste había sido me llevó a escribir ‘El heredero’, que es una especie de mirada de alguien que está conociendo el cruce de dos siglos.

Un viejo libro que había en casa de mi padre, que era ‘La nueva filosofía de la naturaleza del hombre’, donde estaba Doña Oliva Sabuco de Nantes, siempre lo tenía en mi cabeza. Me decía: “Ahí hay una novela”. Y un día dije: “Voy a escribir una novela con Doña Oliva Sabuco de Nantes”. En principio viene la idea y la afronto si es algo nuevo y diferente.

Mi primera novela era sobre una persona que escribía una novela y al final fue una obra de ciencia ficción y realista, ‘Novela de Andrés Choz’. Viene la idea y la acometo.

Muchos escritores afirman que con sus novelas, además de disfrutar mientras las escriben, aprenden mucho durante el proceso.

Mi última novela, ‘Musa décima’, la tenía terminada en casa y mi mujer un día me dijo: “¿Pero no habías hecho una novela?”. Ya casi ni me acordaba, no es que hubiese pasado mucho tiempo, pero me lo había pasado tan bien…

En ese libro rescata la figura de Oliva Sabuco, un personaje totalmente desconocido en España.

Bueno, desconocida y además como en 1915 apareció un testamento muy breve donde el padre decía que ella no era la autora [de ‘La nueva filosofía de la naturaleza del hombre’], sino que la había dejado firmarla para darle honra. A partir de ahí, en la Biblioteca Nacional si usted va a buscar el libro tiene que pedirlo a nombre de Miguel Sabuco, porque lo han borrado hasta de las fichas.

¿La gente se creyó esa auto-adjudicación de la autoría?

José María Merino: "La realidad no necesita ser verosímil, la literatura sí" en DESTACADOS LITERATURA Se creyó pero es curioso porque los hermanos de Oliva podrían haberlo reclamado para heredar, pero la edición que yo tengo, que es de 1720, demuestra que nadie llevó a cabo la supuesta voluntad testamentaria del padre. Y las reediciones sucesivas a partir de su muerte y la de su padre han estado firmadas siempre por ella. Es más, yo que me la he leído a fondo, hay muchas cosas que sólo puede haberlas escrito una mujer. Por ejemplo, cuando dice: “Debe el hombre pensar muy bien con quién se casa, igual que una mujer debe pensar muy bien de qué naturaleza es su marido”. La propia dedicatoria al Rey Felipe II: “Postrada ante vos una humilde sierva, os dice que habréis tenido muchos libros dedicados por hombres, pero seguramente muy pocos dedicados por una mujer”.

Hay quienes dicen: “Pero no estudió Medicina”. Y yo les respondo: “¡Claro, si hubiese estudiado Medicina no hubiera escrito ese libro, porque no tiene nada que ver con la medicina de su época!”. A mí lo que me gustó del libro es lo que tiene de la medicina de hoy, de medicina naturista.

Y además lo que ella aprendió, según cuenta en el libro, fue a raíz de codearse con personas muy cultas y formadas.

Claro. Con ese libro aprendí mucho de las academias que había en España en el Siglo de Oro. Toda ciudad medianamente importante tenía un lugar llamado “academia” donde se reunían los escritores, los sabios. Por ejemplo, la enemistad de Lope -lo cuento ahí- y Cervantes nace de la Academia de Sevilla, donde a veces concurrían. En Alcaraz, que era un sitio donde había gente importante, había seguro una academia. El padre era un hombre muy culto y es muy probable que Oliva asistiera a esas reuniones, donde aprendió latín, entre otras cosas.

Con este libro, ¿trata de hacer justicia con la memoria de Oliva Sabuco?

Yo, desde luego, creo que ella era la autora, aunque he recibido cartas de  personas que se oponen a mis tesis. El testamento es brevísimo y probablemente tuviera que ver con la condición conversa de la familia. La Inquisición era implacable, había que tener mucho cuidado con ella y hay quien piensa, y yo desde luego, que ese testamento que se nunca se desarrolló era como una especie de ayuda del padre a la hija por si ella caía en sus manos. El padre se arrogaba así la culpabilidad del libro.

Además, ¿qué sentido tiene que el padre dijera en su testamento “te dejé firmar este libro por darte honra”? ¡Pues vaya honra le daba si luego le quitaba el mérito!

También quería preguntarle por lo fantástico, muy presente en su obra. ¿Este tema ha sido en cierto modo relegado en España?

Sí, creo ha sido relegado, aunque de todas maneras los españoles somos muy peculiares. Resulta que ahora hay mucha gente que se sigue metiendo con el genial Galdós, que es un realista, aunque en sus libros hay sueños. Entonces, del mismo modo, de pronto despreciamos lo fantástico. Para mí, la literatura o es buena o es mala, y la buena literatura me importa poco que sea realista, fantástica, metaliteraria… Si es buena disfruto de ella.

Ha habido una idea de que en España no hay tradición fantástica, pero es que el propio ‘Quijote’ es un libro realista y al mismo tiempo es un libro que tiene una segunda vuelta absolutamente misteriosa. Cómo el delicioso, pero ordinario, territorio de La Mancha se convierte en otra cosa, que estaba en la cabeza de Quijote. Y eso influyó mucho en los románticos. Si el libro sigue vivo es porque en el fondo Don Quijote nos dice: “Cree en tus sueños y lucha por tus sueños”. Este loco está luchando por sus sueños y no ceja. Y en la literatura española las novelas de caballería estaban impregnadas de cosas fantásticas.

Ahora, cada uno es dueño de pensar lo que quiera. A mí sí me interesó lo fantástico. Además, siempre digo, y eso lo he descubierto con los años, que la realidad no necesita ser verosímil. En la realidad se pueden producir las cosas más absurdas y disparatadas del mundo; la literatura, en cambio, tiene que ser verosímil, incluso la literatura fantástica. La realidad no necesita ser verosímil, la literatura sí, pero eso no quiere decir que deba responder a un realismo puramente descriptivo, porque la realidad es muy misteriosa.

Vamos a ver, pero ¿qué es la realidad? ¿Cuántos millones de cruces genéticos han sido necesarios para que usted y yo estemos aquí y coincidamos hoy, 25 de febrero de 2020? ¿Cómo es posible? ¿Pertenece a lo realista? (Risas). ¿Pero de qué estamos hablando? ¿Qué es la realidad? La realidad es una cosa muy peculiar, muy extraña y la aceptamos.

Cuando estudiaba Derecho pasaba delante de una facultad que se llamaba de Ciencias Exactas. Las matemáticas ya no se llaman así y si ni las matemáticas se llaman ciencias exactas, ¿qué exactitud le estamos pidiendo a la realidad?

Creo que en España sí ha habido un menosprecio hacia lo fantástico, bueno, ¡qué le vamos a hacer!

En su caso, sus libros de temática fantástica han tenido mucho éxito.

He trabajado con lo fantástico, lo metaliterario, me gusta el tema del doble… porque son asuntos que me interesan profundamente, que afectan a mi personalidad interior. Me pregunto: ¿Pero quién soy yo?

¿Qué significó para usted ser nombrado miembro de la Real Academia Española y qué deberes conlleva?

Todos los jueves nos reunimos y me lo paso estupendamente. Trabajar con las palabras es apasionante, porque las palabras están siempre en ebullición, nunca están quietas. Y de pronto, una palabra cuando la vuelves a repasar ya no significa lo mismo que lo que significaba hace veinte años. Por ejemplo, “lujuria: exceso carnal pecaminoso”, ojo, ¿pecaminoso? Desde una mirada. Ya no se puede decir pecaminoso, porque habrá quien diga, ¿por qué?

“Patriarca” no es lo mismo que hace treinta años, ahora tiene otras connotaciones. Las palabras están continuamente modificándose, cambiando su sentido y eso es apasionante. Y mire cómo unas palabras desaparecen, cómo llegan palabras nuevas. La tecnología está trayendo muchísimas palabras.

Pero no nos damos cuenta de que cuando decimos: “Para el tren en la estación, porque veo unos raíles”, estamos hablando inglés. Tren, estación y raíles vienen del inglés porque cuando llegaron no existían esas palabras en español. Por eso, de lo que estoy en contra es de que si tenemos una palabra que no necesita ser sustituida por otra, no la utilicemos. Y si no la tenemos y entra en el flujo lingüístico, vamos a adoptarla.

A veces hay un cierto papanatismo, cuando se dice fake news. ¡Caramba! Eso son las noticias falsas, las noticias mentirosas, ¿por qué tiene usted que utilizar fake news? Y como eso, muchísimo. Por eso, a mí trabajar con las palabras me parece tan fascinante como cuando acudía al diccionario en casa de mi padre.

Resulta muy curioso que desde pequeño le fascinaran los diccionarios y que ahora se dedique a ellos.

Sí, es sorprendente. Yo no lo pretendía, de pronto un día me hicieron académico y yo encantado.

¿Qué le parece esa tendencia actual de utilizar profusamente en los discursos el masculino y el femenino?

Precisamente tenemos muy reciente un informe que hemos hecho a petición de la Presidencia del Gobierno y está clara nuestra postura. Creemos que es la sociedad la que tiene que cambiar las palabras y no las palabras las que tienen que cambiar la sociedad. No sé qué pasará, pero todos los descendientes del latín utilizamos un inclusivo que a veces es masculino. A lo mejor algún día eso se modifica, pero no se puede modificar porque nos dé la gana. Y desde luego, un discurso inclusivo en el cual continuamente tengamos que estar distinguiendo los sexos es lo más aburrido y agotador del mundo. Además, eso nos podría llevar a decir: Usted es periodista, pero si yo tuviese ese oficio, ¿sería periodisto? A dónde podemos llegar por ese camino…

Lo que tenemos que hacer es modificar la realidad. Efectivamente, que la mujer tenga el papel que debe tener dentro de nuestra sociedad, un papel igualitario… Además yo que soy padre de dos hijas y esposo de una catedrática emérita, de las que estoy orgullosísimo, tengo muy claro lo que son las mujeres.  Cambiemos las cosas que haya que cambiar en la sociedad y luego el lenguaje irá determinando cosas que a lo mejor ahora no prevemos. Pero no intentemos cambiar la realidad cambiando la lengua, eso es un disparate.

En el diccionario, ha habido una modernización total. Estamos trabajando continuamente con las palabras, no puedes dejar que se duerman, de hecho no se duermen, no dejan de moverse.