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Rafael Soler: “Me gusta la escuela del fracaso. Hay que empeñarse para fracasar, pero se consigue”

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Rafael Soler - © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo
Considerado una de las voces fundamentales de la poesía contemporánea, Rafael Soler (Valencia) participó el pasado 20 de febrero en las tertulias poéticas de Casa Mediterráneo, un encuentro moderado por la poetisa Rosa Cuadrado en el que los presentes pudieron asistir a un derroche de vitalidad, ironía, profundidad y dominio de la lengua, rasgos que impregnan la heterogénea obra literaria del autor. Poemas, novelas y relatos marcados por un inconfundible estilo en el que sobresalen la audacia y la libertad formal.

La trayectoria literaria de Rafael Soler arrancó en 1979 con ‘El grito’, novela a la que seguirían ‘El corazón del lobo’ (1982), ‘El sueño de Torba’ (1983) o ‘Barranco’ (1985) con notable éxito de crítica y público. Pronto llegaron los reconocimientos: fue finalista del premio Adonais con el poemario ‘Los sitios interiores (sonata urgente)’ (1980), que ganaría el accésit del V Premio Nacional Juan Ramón Jiménez al mejor libro publicado por poetas de menos de 40 años; o el Premio Cáceres (novela) en 1982, entre otros.

En pleno esplendor literario, Soler decidió retirarse del ruido editorial. Una pausa de 25 años en los que tuvo una prolífica actividad literaria que compaginó con la docencia en la Universidad Politécnica de Madrid. Su regreso al escaparate público fue con la poesía, en 2009, con el elocuente título ‘Maneras de volver‘ (traducido y publicado en inglés, húngaro, rumano y japonés), tras el que vinieron ‘Las cartas que debía’, ‘Ácido almíbar’ (Premio de la Crítica Literaria Valenciana) y ‘No eres nadie hasta que te disparan’, publicado en edición bilingüe en Italia y Estados Unidos.

En abril de 2018 compareció de nuevo ante el público en su faceta como narrador con la novela ‘El último gin-tonic’ (Contrabando) y al año siguiente vio la luz la antología poética ‘Leer después de quemar’ (Olé libros), una cuidada selección de poemas realizada por Lucía Comba de los cinco poemarios publicados por Soler. ‘Necesito una isla grande’ (Contrabando, 2020) es su última novela.

Los títulos de sus libros son bastante llamativos, como es el caso de su antología poética ‘Leer después de quemar’, ¿qué ha querido decir con ello?

Rafael Soler: "Me gusta la escuela del fracaso. Hay que empeñarse para fracasar, pero se consigue" en DESTACADOS LITERATURA Con los títulos de los libros, me pasa también con los de los poemas, busco de alguna manera que sean una provocación. Que el lector no se quede indiferente, que el título de alguna forma le haga pensar. De hecho, he de confesar que muchos de los títulos de mis libros de poesía estaban ya en los poemas. Hay poemas que empiezas a escribir y cuando ya están en velocidad de crucero los primeros versos son como ojeadores que te están llevando a un territorio concreto. Ahí, muchas veces, hay un título interesante.

Contestando a tu pregunta, que yo me voy mucho por las ramas, ‘Leer después de quemar’ es una provocación. Es un título abierto, que cada uno encuentre un significado. Muchos han ido por quemar la vida, apurar el momento, danos tu testimonio y lo leemos. Esto está muy en línea con lo que es mi poesía, porque es una poesía que nace de la vida y va a la vida. Cuando me dan esa interpretación, me parece muy bien, creo que es una buena lectura, y a partir de ahí hay otras interpretaciones un poco más complicadas.

‘Leer después de quemar’ es un compendio de 99 poemas seleccionados por Lucía Comba, que me acabo de enterar que es su mujer…

Y que además es muy buena gente, ahora la conocerás.

Estos poemas están extraidos de sus cinco libros de poesía publicados, el último de los cuales tiene también un título sugerente: ‘No eres nadie hasta que te disparan’. En la vida, ¿cuando realmente se aprende es cuando te hieren? No sé si se refería a esto.

Vas muy bien por ahí: ‘No eres nadie hasta que te disparan’. En el título está la convicción de que lo que forma no es el éxito, sino el fracaso. Nos reponemos muchísimo mejor de un fracaso que de un éxito. El fracaso nos hace aprender, nos curte, nos abre otros caminos, es una medalla porque quiere decir que lo hemos intentado. El éxito, quieras o no, puede volverte muy tonto. A mí me gusta la escuela del fracaso. Hay que empeñarse para fracasar, pero se consigue. Y al final nuestra vida es un fracaso.

De hecho, ayer, en una entrevista que me hicieron en EFE, me preguntaban cuál era el gran titular de mi nueva novela ‘Necesito una isla grande’ y yo buscaba un verso de Claudio Rodríguez de su poema ‘Lo que no es sueño’ que dice: “Estamos en derrota, nunca en doma”. No es lo mismo decir “nunca en doma”, que “somos indomables”. Eso es pedante. Y no es lo mismo decir “estamos en derrota” que “estamos derrotados”. Ese verso es maravilloso. Y podría ir perfectamente en la apertura de la novela, que está recién salida del horno, pero puse un verso mío: “Vivir es un asunto personal”. Cada uno en la vida tiene sus peripecias.

Volviendo a la pregunta, ‘No eres nadie hasta que te disparan’ te está diciendo también que hasta que no fracases, hasta que no te enfrentes a una situación y salgas de ella, eres muy poquita cosa. Todo eso, con humildad. Luego el libro va por otro lado, su contenido es una provocación, es como una novela negra. Habla de un crimen.

Sus poemas reivindican vivir la vida con intensidad, pero sin abandonar nunca la ética. Unos versos suyos dicen: ‘Haz lo correcto / aunque sea alto el precio / y cruel su veredicto’. 

He encontrado algún estado de WhatsApp que dice: “Haz lo que debas”, aunque sea alto el precio y cruel su veredicto. Yo pienso que en la vida el parar ético es importantísimo. De hecho, en la Universidad Politécnica, donde entre otras asignaturas he sido profesor de urbanismo durante más de 30 años, empezaba mis clases del último año de carrera hablando de ética. Imagínate a alumnos de ingeniería civil, acostumbrados a calcular un depósito, dispuestos a tomar notas. Y les decía: “No tomen apuntes, escuchen”. Y les hablaba de la vocación de servicio del ingeniero y la importancia que tenía su papel entre el decisor político y los lobbies, que organizan, que corrompen y presionan sus decisiones. Un papel muy importante. Gente joven de 23, 24 y 25 años que sale al mundo profesional, llega a los ayuntamientos, se convierte en funcionaria y se encuentra en una situación complicada. Digo esto solamente por un aspecto concreto de la ética.

En ‘Las cartas que debía’, que es mi segundo libro de esta nueva etapa de escritor que publica, no que escribe solamente, hay una carta que entrego al que quiere ser el primero de la fila. Es un libro de 13 ó 14 cartas. Todos debemos cartas. Yo debía muchas. Debía cartas a un buen amigo al que dejé en un manicomio porque estaba trastornado, al paciente ingresado que visité muy poco -aunque en el libro diga que nada-, a los abuelos que aparcamos en eso que llamamos eufemísticamente “residencias” y son asilos, contenedores de desdichas…

Y en ese grupo de confesiones, de ajustes de cuentas, escribí una carta a los jóvenes, al primero de la fila. Los versos que has mencionado están en esos poemas. De hecho, cuando voy a los institutos cuando me llaman entro por ahí. Me pasó una cosa muy bonita en un instituto de Salamanca. Cuando terminé mi intervención me vino un chaval con el poema manuscrito, para que se lo firmara y dedicara a su madre, porque ella tenía mi libro y le da la brasa continuamente con esos versos. Ahora, ésta es una sociedad con muy pocos valores, con muy poca capacidad de resistencia a nada. Es una sociedad urgente, inmediata.

Rafael Soler: "Me gusta la escuela del fracaso. Hay que empeñarse para fracasar, pero se consigue" en DESTACADOS LITERATURA
Tertulia poética con Rafael Soler celebrada en Alicante – © María Gilabert / Revista Casa Mediterráneo

En sus versos también alude a la divinidad, a la que denomina, entre otras formas, “Señor del abandono manifiesto”. 

¡Qué duro!

Si se refiere a Él, ¿es creyente o al menos agnóstico?

Soy creyente intermitente. Dicho de otra manera: soy un creyente en permanente conflicto consentido. Es una forma de decir que le tengo mucho respeto, pero también le tengo ganas. No es fácil. Partimos de una situación que es el origen de un libro mío, ‘Ácido almíbar’, que fue Premio de la Crítica Literaria Valenciana. Ese libro nace de la constatación de dos faltas de respeto. La primera falta de respeto: Nos nacen. ¿Dónde estaba usted antes? En un No Ser en el espacio y un día, de repente, a usted le dieron unos cachetes en las nalgas y le soltaron a la eternidad, a la culpa, también a cosas hermosísimas. Pero no hubo negociación, no hubo consultas, no hubo nada. ¡Hombre, abra usted la cortinilla, asómese, déjeme mirar, déme algo!

Segunda falta de respeto, mucho más evidente: Te mueren. Te mueren comprándote una corbata, te mueren media hora antes de una cena maravillosa, te mueren en la cena. Yo a esa muerte la llamo “te tramitan”. Bueno, pues entre esas dos faltas de respeto transcurre este asunto menor y vertical que llamo vida.

¿Es menor? 

¡Por favor, por favor! ¿Qué va a quedar dentro de 50 años?

Es menor si lo compara con la globalidad, pero para uno mismo… es todo.

Claro y es un asunto tan importante que yo canto a la vida, escribo desde la vida y apuro y bebo la vida. Pero soy consciente. Algo tiene que ver el supremo hacedor del universo. Pedimos su amparo y al mismo tiempo no contesta a nuestras preguntas.

Con su libro ‘Maneras de volver’ regresó a la literatura después de un parón de 25 años.

Sí, pero no a la literatura, sino que fue una vuelta al ISBN.

¿Por qué ese silencio editorial y qué escribió durante esos años?

Tenemos que remontarnos a 1978. Hasta ese año Rafael Soler había escrito cuatro novelas -esto es muy fuerte pero es así- cada una un poquito mejor que la anterior. Yo quería ser escritor, cuando estaba en sexto de bachillerato en el colegio el hermano Fidel, después de leer una redacción absolutamente tópica de “tarde de domingo, lluvia en los cristales”, me puso un diez y me dijo: “Soler, usted será escritor”. Y yo me lo tomé en serio. Pues bien, en el 78 después de estar cuatro o cinco años escribiendo, mi santa, Lucía, me dijo: “Oye, esto está muy bien, ¿qué vas a hacer?”; y yo le respondí: “No lo sé, guardarlo, no me gusta”.

Y de repente rompí aguas. Tenía muchísimo músculo, estaba escribiendo sin parar y escribí en un mes, en estado de gracia, mi primera novela, corta, que fue Premio de la Bienal de Barcelona ámbito literario, ‘El grito’. Mientras la escribía, dictada al oído, sabía que iba a ser clásica, entendiendo por esto lo que permanece en el tiempo. Tenía muchísima fuerza, se estaba escribiendo sola, conservo el original y prácticamente no tiene tachaduras.

Sabía a dónde quería ir, quería contar la destrucción del amor por el tedio y la rutina de una pareja joven, el divorcio cuando entonces no existía, la excusa de una Nochevieja, el encuentro de esa pareja tan sólo una noche al año -la muerte de su hijo autista, David, provoca la separación del matrimonio-, cuyo ritual consiste en irse los dos a un hotel, ella con su vestido de lamé, él con su esmoquin, bajo la ensoñación de una noche única, tras la que al día siguiente deberán enfrentarse otra vez a la rutina. En aquellos años se hacía mucho novela experimental y doy dos finales distintos para mayor sosiego del lector. Funcionó como un tiro.

Hice otra novela experimental, ‘El corazón del lobo’. Está mal que lo diga, pero también con vocación clásica. Ganó el Premio Cáceres, se presentó a la Biblioteca Nacional, se convirtió en una novela de culto porque no se encontraba en ningún sitio, al publicarse por El Brocense de Cáceres con 500 ejemplares que desaparecieron. La crítica que la leyó la elogió muchísimo y eso me llevó a Cátedra.

Cuando Manuel Andújar, un maravilloso escritor que vino del exilio mexicano a España, presentó mi novela ‘El grito’ en la Asociación de la Prensa en 1979 me dijo: “Amigo Soler, en esta novela hay mucho alcohol”. Y yo le contesté: “¿Por el personaje, que bebe mucho?”. Y me dijo: “No sólo por el personaje”. Escribí esa novela por las noches, con ginebra, sin hielo ni nada. ‘El corazón del lobo’, lo mismo. Hasta que le dije a Lucía: “Por favor, regálame un verano”. Y me regaló un verano. ¿Cómo? Nos fuimos a Fuengirola con nuestros tres hijos y cambiamos los horarios. A las 11 de la noche, todos acostados, y yo desde esa hora hasta las seis de la mañana me tiraba siete horas escribiendo. Entonces me acostaba, ella se llevaba a los niños a la playa a las nueve, nunca estuvo más morena, y volvían para ver ‘Verano azul’ a las tres.

¿Y qué salieron de esas noches en vela?

Yo ahí me planteo contar una historia. Ahora hay un proyecto que está circulando por varios sitios y con el que me dejo querer, que consistiría en publicar en un solo volumen ‘El grito. El corazón del lobo. Dos novelas de la Transición’. Creo que hace mucha falta porque no hay tanta novela de esos años; son dos novelas cortas muy potentes. Y ahí tuve el acierto de decir: “Aquí has experimentado, pero no ha sido casual. Tienen estructuras diferentes, pero sobre todo tienen contenido. Has creado la realidad desde el lenguaje, no sólo lo que cuentas, que es importante, sino cómo lo cuentas”. Y pensé: “Puedes morir de éxito, te puedes venir arriba, no te pongas tonto, esto ya está hecho. Ahora, contador de historias”.

Es una historia muy bonita de una persona ya mayor. Viene la hija de su gran amor desde otro país, de Estados Unidos. Ellos vivieron su amor en un rolls, la madre se fue para casarse y él pasó una depresión terrible. Hay una novela dentro de la novela, que es el ‘Diario de José Herrade’. Y él lo que hace es desmontar el rolls, pieza a pieza, y eso le sirve de terapia. Pasan los años y viene la hija de su gran amor y le revuelve todo. ¿Y qué hace? Monta el rolls. Ella viene en un crucero con sus compañeros americanos en el viaje de fin de curso. Él la recoge con su rolls. Y la novela termina de una manera muy bonita cuando un mendigo que vive en los tinglados del puerto le ayuda a empujar el rolls al agua. Ahí se contaba una historia y se contaba bien. Cuando terminé las vacaciones me quedaba como un tercio de la novela para terminarla.

Llego a casa y- esto que parece literatura es real, muchas veces la realidad excede a la ficción- entonces había mucha correspondencia. Llegabas y el buzón estaba atiborrado, había de todo, notificaciones del banco, multas, pero también cartas de amigos. Y aparece una carta de ediciones Cátedra. La abro y era Gustavo Domínguez, el director de la colección, interesado en una novela mía. Llevaban ya tres años de catálogo con escritores muy potentes como Savater. Entonces sólo había teléfono.

¿Y qué hizo?

Guardé la carta con un par. 2 de septiembre. La razón: Yo tenía una muy buena historia. Había creado muchas expectativas en el off-off-Broadway, no en los canónicos; me estaban esperando y pensé: “Esta novela tiene una respiración muy libre, respiración que yo controlo, porque ya no hay lenguaje experimental, ya hay una historia. Y hay aspectos que no sé muy bien por dónde van a ir y a lo mejor hay personajes que necesitan crecer más”.

En aquel momento pensé: “Si llamo voy a tener una presión del carajo la vela, me puedo equivocar. El que llama paga. Han llamado, que esperen. Voy a quitarme a Cátedra de la cabeza”. Y lo conseguí. Estuve tres meses con plena libertad y terminé la novela. Disfruté mucho, me lo pasé muy bien. Piensa que no había Word, escribías, borrabas, la Olivetti, escribías otra vez… Además tenía muchísima actividad como urbanista en la consultoría y como profesor.

A final de año terminé la novela, la dejé dormir unos días, la leí y me dije: “¿Qué estás haciendo aquí? Ve corriendo a Cátedra”. Llamé a la editorial, pregunté por el director. Me dijeron: “¿Le conoce?” Respondí: “Sí, pero no”. Cuando se puso al teléfono, Gustavo me dijo: “¿Rafael Soler? ¿Dónde te has metido? Te escribimos en septiembre”. Y le dije voy para allá. Fui con el manuscrito de la novela, me dijo que empezarían a trabajar en ella unos días y me dirían algo. A la semana ya tenía el contrato y pensé: “Bueno, ya soy escritor”.

Salió y cometí un error. Le dije a Gustavo que no quería una presentación, que entonces consistía en una comida con 20 personas, los directores de los principales medios de comunicación. Y lo respetó, aunque me dijo que era un disparate. Aún así, a los 15 días salió el cintillo de segunda edición, funcionó muy bien.

Termino ‘El sueño de Torba’ y ya me estaba empujando otra historia. Una saga familiar, un crimen, un patriarca envenenado y al final de la novela -no es un spoiler– se descubre que quien ha acabado con su vida es su nieta pequeñita. Y ahí hay un microcosmos de tensiones, rencillas, ajustes de cuentas pendientes… Todo en una barranquera granadina, que yo conocía bien. Según estaba escribiendo me estaba dando cuenta de que estaba contando una historia con la que me lo estaba pasando muy bien, ¿y qué más? Me llamó el editor, me dijo que se aproximaba la Feria del Libro y que le diera otra novela. Dos años. Terminé y entonces montamos el pollo. José María Merino, a quien respeto mucho, somos grandes compañeros y muy buenos amigos, presentó ‘Barranco’ en 1985 en la comida de la editorial y luego le llamé para que presentara el poemario ‘No eres nadie hasta que te disparan” y estuvo en el bautizo, con Luis Landero, de ‘El último gin-tonic’.

El libro funcionó muy bien y me propuse contar otra historia. Mi voz me decía: “Eso es lo que hacen los escritores”. Pero pensé: “No, vamos a esperar”. Y paré para darme un respiro.

Mientras, seguía con su trayectoria profesional…

Sí. Mi oposición a profesor titular de la universidad, mi formación como sociólogo. Paré y fue fantástico. En siete años había publicado cuatro novelas, dos libros de relatos y un libro de poesía. Es mucho. De géneros distintos, además reconocidos y con premios. Yo soy un poeta, levanté el pie y cuando me quise dar cuenta había recuperado mi libertad. Entonces empecé a escribir. Di una lectura con Ana Rossetti y Luis Alberto en el 87. En aquel entonces como poeta estaba muy considerado, con un solo libro, me habían dado el accésit al Premio Juan Ramón Jiménez que lo concedía el Instituto Nacional del Libro al mejor libro de poetas menores de 40 años.

Pasaron los años, bebí y viví la vida, me dejé atropellar y escribí mucho. Volví a escribir tres o cuatro novelas en esos años, también mucha poesía. Disfruté muchísimo.

¿Durante ese tiempo de pausa editorial, escribía sin ánimo de publicar?

Sí, y sin buscar a mis afines, porque los poetas somos muy pringosos, porque los escritores somos hermanos. Y yo quería mi espacio. Pero, amigo mío, eso dura lo que dura. Y Lucía me dijo: “Vuelves con los tuyos ya”. Asentí y le contesté: “Me doy un año más, me da mucha pereza, aunque también pánico escénico, me van a echar la bronca”. En 2008 volví como poeta y quería hacerlo dándole un puñetazo a la mesa. Le puse como título ‘Maneras de volver’ y lo estructuré en tres capítulos: ‘Amor kebap’, distintas miradas del amor, desde el deseo, el amor consentido, la entrega, la frustración; ‘Vivir es un asunto personal’, la parte central del libro, que recoge toda mi experiencia y que ahora está en el Café Comercial como un verso que ilumina la sala; y ‘La casa helada’, que es la primera aproximación a la muerte.

Ya tenía libro, pero Lucía me dijo que faltaban poemas. Y me dejó encima de la mesa una carpeta con los textos que fui tirando a la papelera a lo largo de todos esos años. Y ahí volví.

El proceso de creación literaria debe ser muy distinto a la hora de escribir poesía y novela. Como usted mismo dice, algo en su interior le dicta la novela. ¿Cómo ocurre con la poesía?

Hay dos tipos de escritores de novela: los de mapa y los de brújula. Yo soy un escritor de brújula, quiere eso decir que sé que quiero hablar de la destrucción del amor por la rutina y el tedio, tengo a esa mujer que ha fracasado y no lo asume, porque ha dado su vida al majadero que tiene al lado por dos polvos, con perdón, le ha arruinado toda la mística. Y tengo los personajes y el concepto. Entonces, escribo y a ver por dónde van saliendo las cosas. Tengo una brújula que me dice: “Esta novela va al norte, no te equivoques”.

Y luego están los escritores de mapa, que son los que cuentan una historia y tienen un mapa con los recorridos, los itinerarios, las plazas, los destinos… Hay mapas que se utilizan muy mal; es el caso de los escritores de best sellers cuyo capítulo 14 lo puedo escribir yo y lo puedes escribir tú, no va a cambiar nada, lenguaje plano, capítulos cortos… Eso es un mapa. Y los escritores de brújula a lo mejor te hacen una novela que no tiene más que dos capítulos y el segundo tiene una página. Y ni ellos mismos sabían por dónde iban a ir.  En mi caso, tengo dos novelas de brújula, experimentales, dos novelas en las que la brújula ha podido al mapa pero que cuentan historias y ahora tengo dos novelas que cierran mi ciclo como narrador, en las que vuelve a mandar la brújula, que comparten la misma respiración, que cuentan lo vivido por el autor con dos excusas narrativas diferentes.

La poesía es otra cosa. Yo sé que un poema es bueno cuando noto que me lo dictan, cuando una vez escrito pasa el tiempo y digo: “¿Esto lo he escrito yo?”. Y te encuentras en un cuadernillo siete poemas que has escrito en una tarde y suenan a cuál mejor, que conviven con otros poemas manoseados, pringosetes, buena gente, fallidos. A partir de ahí la poesía se nos dicta y hay que ser muy humilde. Sólo lo que tiene vocación de querer perdurar puede perdurar. Un poema te salva, un verso te salva.

He vivido un año paseando por Madrid con un verso que decía: “Final feroz del que se marcha mudo”. Hoy leeré ese poema (el jueves 20 de febrero) y no sabía lo que significaba. Lo intenté desarrollar muchas veces y un día al llegar a casa, con la mesa puesta, fui al despacho y sin yo saberlo escribí: “Como el descuido avance hasta el verso noveno, ¿por qué el verso noveno?, donde dice: final feroz del que se marcha mudo”. Por lo tanto, nada que ver un género con otro. ¡Ay del poeta que quiera escribir novela!, porque le puede salir algo muy pringosito. Y ¡ay del novelista que quiera trascender como poeta!, porque si no tiene el don no hay nada que hacer.

En la poesía se adquieren destrezas, pero tienes que tener algo que te es dado, interior, y luego cosas que contar. ¿Qué es un escritor? Un escritor es una voz y una mirada. ¿Hay algo más bonito que te digan: Hombre, esto es de Soler? Lo han reconocido enseguida. Y luego una mirada, ¿qué cosas nos interesan? Tampoco nos interesan tantas o no somos capaces de despertar tanto interés por muchas cosas y eso te lleva al silencio. Gil-Albert decía: “Dicho lo tuyo, para qué seguir”. O te repites o te alambicas. Yo estoy ya a punto de callarme, no en la entrevista, sino como autor. Con seis novelas y seis libros de poesías cada vez me cuesta más -y es legítimo- encontrar más cosas que contar.

En su última novela los protagonistas deciden huir de la residencia de ancianos en la que han sido abandonados hacia un futuro incierto, que en cualquier caso siempre va a ser mejor que lo que tienen. En sus libros, usted reivindica la vida hasta el final, hasta sus últimas consecuencias.

Rafael Soler: "Me gusta la escuela del fracaso. Hay que empeñarse para fracasar, pero se consigue" en DESTACADOS LITERATURA Soy el único escritor que hace que sus muertos hablen y no den miedo (risas). En mis novelas los muertos hablan, porque son muertos que se mueren despacito. ¿Por qué? Porque tienen mucho apego a la vida. Entonces esta novela, que se presentará el jueves (27 de febrero) en Valencia, luego en Madrid y que ya está haciendo ruido, es un canto a la vida, un canto a la resistencia, un canto a la dignidad desde la constatación de que estamos en derrota.

Pero tienen mucho coraje, porque dicen: “¿Qué hacemos aquí? Si esto está lleno de viejos. ¡Vámonos!”. Luego se van en una furgoneta robada, tienen el proyecto loco de comprarse un loft para vivir allí, sin saber muy bien lo que es un loft, les falta pasta… Esta novela, adrede, plantea personajes con mucha fuerza, muy potentes, muy tiernos, de piel dura, como ha dicho Luis Landero.

Hay que pensar que son unos resistentes. Han fundado una revista que se llama TNT, que es una hoja que cuelga en el corcho de la residencia contra la gobernanta, Doña Asunción, porque están hartos de la mortadela, de la sopa fría y llevan muy mal los espárragos finitos.

Usted trata asuntos trascendentales utilizando el sentido del humor, sin tratar de ser solemne.

La ironía en mi poesía y en mi narrativa -especialmente en estas dos últimas novelas- es fundamental. Contar las cosas que yo cuento, como el fracaso de una saga familiar en ‘El último gin-tonic’, si no lo haces con ironía y humor puede ser infumable. Y acercarte al desamparo del mundo de las personas mayores, si no lo haces bien no hay por donde cogerlo. Si los personajes tienen fuerza, aman la vida y  te sobrepasan a ti como autor, las cosas van bien.